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La Charca

Solo quien ha perdido
conoce el valor de la victoria.
Nada vale, solo la escoria
no valora lo perdido.
Nada se pierde en memoria.

Cada lágrima cae, muerta
de unos ojos anidados
en un corazón atrapado
por una flecha tuerta
que deja una puerta abierta.

Cada gota en una charca
llena de sentimientos,
vacía de pensamientos
y llena de lágrimas
que un alma embargan.

El sol calienta y evapora
cada charca embriagada
por una tierra infectada
de amor que implora
y que en silencio añora.

Al irse, eso desaparece
llevándose consigo 
cada porción de pan y vino
en el rito de lo que emerge
de un corazón latente.

Sólo en tierra el corazón,
más nadie ve ya cada grano
solo un roto de sal acristalado
que parte el miedo en dos
en tristeza y en adiós.

Solo quien sabe perder
conoce el valor de la victoria
pero solo la escoria
llora cuando hay algo que hacer
para continuar una historia.

Sin lágrimas. Ya derramadas.
Al canto de una musa celeste
que se pierde al oeste
cuando el ocaso cae en cama
sabiendo que no hay mañana.

Ya no se pierde nada
pues hay que haber tenido
para haber perdido.
Ya no queda nada.
Otra lágrima en la almohada...



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Deseo

Creo que solo te he visto hoy
pero ya te he reconocido
en derramarme por tus ojos.
Te conozco de vivirte antes
con luciérnagas en la garganta.
De funambular acariciando
tu piel con vello de arrozales.
De coserme la lengua con hilo blanco
y que salga todo entre las orejas.

¡Que se partan las puertas y el tiempo!
¡Quiero desearte negra, sucia y dulce!
¡Bañarme en la esfera de un reloj parado!

¡Que se me resquebraja el pecho
y no se parte!
¡Que ver un gorrión sobre tu risa
que ver un lobo sobre tus ansias
que ver tus ojos de aguja en mi cara
o tu cabeza en mi regazo
solivianta la quebrazón de mi pecho!
¡Que no me hables! ¡Que me enajeno!
¡Que es mucha miel en iris, voz y boca!
¡Que se me convierte el pecho
en potable vaso en polvo
de cuyos detellos escapan las luciérnagas!

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Mis migajas de pan

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Monólogo autobiográfico

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