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El Astronauta (IV) - "El Cementerio"

Ni lucía ni yo sabíamos lo que quería decir Zerenio. Tantas palabras, tan bonitas, pero para nosotros, vacías. No vacías de significado, sino de entendimiento. No sabíamos a qué se refería con el amor, ni con la Guerra del Fin, ni con todo ello.

Lucía me dijo que tenía que llevarme a otro sitio, donde comprobaría finalmente si yo era a quien estaba buscando.

Me llevó a un cementerio, destrozado, con piezas de mármol por doquier y paredes enteras con nichos derribados por el paso del tiempo y cubiertos de arena en algunos casos.

Me llevó a unos nichos cualquiera que, como ya estaba empezando a ser normal por aquí, me resultaban familiares.

-Son las tumbas de tus padres -dijo Lucía-.

De pronto un charco de agua me subió hasta los ojos, enrojeciéndose mi cara.
Empecé a llorar.

-¡Les quería mucho! -grité entre llantos sin saber porqué-

Lucía intento consolarme acariciándome la cara. Me cogió y me atrapó en sus abrazos. Me sentía bien en su regazo. Me sentí feliz. Una sensación agridulce de alegría por su cariño repentino y tristeza por descubrir la tumba de mis padres, me invadió. Decidí, sin embargo, disfrutar del abrazo de Lucía, en vez de seguir llorando. Sentí algo raro. No me hizo falta preguntarla porqué me había abrazado, como hacía normalmente.
Para darle las gracias la di un beso en la mejilla y la eché una sonrisa.

-Yo ya había pasado por esto, hace mucho tiempo. Pero no tuve a nadie quien me abrazara. -dijo triste y entre sollozos-.
No me hizo falta preguntarla porqué necesitaba a alguien, ya lo sabía...
-No quería que pasases por lo mismo que yo -dijo cabizbaja a punto de llorar-.
-¿Por qué cuidas tanto de mi, casi no nos conocemos? -dije, hipócritamente, sintiendo lo mismo que ella-
-Porqué...
-¡Sh! ¡No hables, anda! -la dije mientras la abrazaba tiernamente- Vámonos de aquí, que esto es muy triste.
-Vale.

Lo siguiente fue maravilloso. Había olvidado lo que se sentía siendo un viajero espacial, pero por el contrario, me había hecho humano. Estaba empezando a comprender lo que ponía en aquella carta.

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y que salga todo entre las orejas.

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¡Quiero desearte negra, sucia y dulce!
¡Bañarme en la esfera de un reloj parado!

¡Que se me resquebraja el pecho
y no se parte!
¡Que ver un gorrión sobre tu risa
que ver un lobo sobre tus ansias
que ver tus ojos de aguja en mi cara
o tu cabeza en mi regazo
solivianta la quebrazón de mi pecho!
¡Que no me hables! ¡Que me enajeno!
¡Que es mucha miel en iris, voz y boca!
¡Que se me convierte el pecho
en potable vaso en polvo
de cuyos detellos escapan las luciérnagas!

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