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Mostrando entradas de septiembre, 2015

Niebla (ejercicio de estilo)

Un bosque de sauces albinos en fila enraizados en asfalto. Lo atraviesa un sendero recto y vacío de flora, pero lleno de alquitrán. Yo estoy corriendo indefinidamente contra el viento, y el aire, y las hojas de los árboles tiran de mi cara. Son tan fuertes que tengo que ir inclinado hacia el suelo para poder avanzar. Sobretodo las hojas. La niebla es cada vez más espesa.
El viento amaina progresivamente y yo me siento más bruma y llego al final de la fila de sauces. Soy tanta niebla que mis zapatos corriendo sobre el asfalto no hacen ruido; que ya ni siquiera piso; que ya no queda ningún sauce. Hay tanta niebla que sólo hay niebla. Niebla tan densa como el asfalto que se perdió con mis pisadas. Todo se ha vuelto niebla. Todo. Los sauces, el asfalto, yo. Todo es niebla. Y esa niebla se excreta rezumando de sí misma. Se diluye. Se disipa. Desaparece como si nunca hubiese dejado rastro. Y no hay rastro. Ni del bosque. Ni de mi. Ni de la niebla.

Un trozo de amor

Nuestros pasos crujen en la acera. Los de María y yo. Llevamos juntos toda una vida –que dura ya dieciséis años. Mis padres y mis abuelos me dicen siempre que es una edad tierna “no como la carne, sino como el corazón” –eso suele decirme siempre la yaya. Y sé de verdad lo que esa frase significa.
Ahora estoy besando a María con tanta sinceridad como la evidencia de que una hoja en blanco está por pintar.
    – Bésame otra vez, María –digo desde muy cerca de ella. María parece que va a llorar.
    – ¿Qué te pasa? –le digo mientras veo que levanta la vista. Tiene una pistola apuntándole en la cabeza.
    – Mira, vamos a dejar las cosas claras, ¿vale? –dice un encapuchado que le apunta mientras otro me arrebata a María–, la chica se viene con nosotros y tú te callas la boquita.
No sé qué ha pasado. Cuando me quiero dar cuenta he ido hacia el encapuchado y he visto un fogonazo. Creo que me ha disparado… Sí. Ahora me dan ganas de desvanecerme, pero creo que no es una herida muy profunda. L…

Los vagones (que nunca contienen estaciones)

No hay nada más tiste que un vagón en silencio. Uno en el que sólo se oye la bocina que indica su partida a la siguiente estación y el eco que éste deja en el túnel cavernoso.

Hay gente mirando a todas partes, como buscando una salida. Como observando. Esperando a algo. Ese algo suele ser la estación de destino, pero en el rostro de la persona que mira están las estaciones que ha recorrido y que espera recorrer. Nunca las que no ha recorrido todavía. Ese alguien que espera algo puede bajarse, y cuando lo hace, la sensación que tenía en el vagón se traslada al pasillo; ésta, a las escaleras, luego a la calle, así hasta que esa persona llega a su verdadera estación de destino, fuera de las vías. De repente, al llegar a ese sitio, su cara cambia un instante. Quizá sonría o se ponga triste o se muestre ansiosa o aburrida o emocionada, pero ya no sólo son sus ojos los que miran, sino su rostro completo. Esta persona vive. Antes sólo se veía viviendo.

En otro lado del vagón podemos encontar…

Mejor soñemos, que nos odiamos

Las partículas de mi alma se hacen densas.
    – Te odio.
Más densas.
    – Te aborrezco.
Más grandes.
Se apelmazan y salen en forma de un suspiro pesado abriendo la compuerta de mis lacrimales.
    – Te odio–escucho otra vez.
Un suspiro sale más fuerte. Las partículas de alma han subido a mis ojos y ahora caen por mis mejillas en forma de agua salada.
    – ¡Te quiero!–espero.
    – Te odio–desesperas.
    – ¡Te amo!
    – Muérete –gritas.
Ese último grito llega a mis oídos casi como un insulto, pero los atraviesa como una condena a muerte.
"Muérete", me dices. Y me muero.
Me quedo en silencio. El cuerpo y la voz me pesan como a un bebé su cabeza o a un avión sus reactores. Sólo se oyen suspiros pesados de vapor de agua y dióxido mojando el aire. Ensuciándolo. Igual que hacen mis partículas de alma en mi cara.
El aire se contamina de suspiros sucios y pesados por fuera, y esas gotas saladas se drenan en mi piel por dentro. Como me dijiste que hiciera, me muero.
    – Adió…

La abubilla y la hoja plata

La muerte juega muy fuerte
a los dardos con la vida.
Veces falla con descaro
y otras, sin embargo, atina.
Y en el tiempo que ese dardo
va de lleno a la telilla
el que vive tiene tiempo
de detener su partida.

El tiempo. ¡Ese necio tiempo
no lo tiene la abubilla
si un veneno de serpiente
necrotiza sus alillas!
Pero, si no la devoran
piensa -obvio- que está viva
a veces nunca notando
el veneno en sus pupilas
que pasado cierto tiempo
reflejan toda herida.

Un buen día una abubilla
ve que sus patitas vibran;
que pierde el fulgor alado
que la lanzaba hacia las cimas,
y va, cansada, hacia el nido,
¡pues es ave con familia!
Madre de polluelos críos
que ama ver volar un día.

De pronto un árbol le dijo
al verla tan tirada y chica:
"La misma Señora Muerte
juega dardos con tu vida".

Y los grandes ojos negros
que movía la abubilla
se quedaron empedrados
en el aire que mecían
al mirar sobre los vientos
el paseo de su vida.
Y, piando, fue diciendo
"¡Qué infortunio que me pilla!"

A esto, el árbol, sabio atento
dijo pres…

La voz de la luz cálida

El frío congela mis ojos
y no puedo ver más
allá de lo que veo.

La luz irradia vida.
Calienta mi alma
y me susurra con tu voz.
Me dice:
"Te perdono",
"Te quiero",
"Te recuerdo".

Pero mis ojos no pueden salir.
Una prisión de hielo
me separa de ti.
Y desde ese hielo grito:
"Perdóname",
"Te quiero",
"Te recuerdo".
Aunque se oye tan tenue
que ni el hielo vibra.

Aun así, tú sabes escuchar.
Y sonríes
a mi lado
esperando a que la luzque calienta mi alma
te abrace,
te bese.
Me descongele.

Y camino contigo
hacia donde el frío se aleja;
donde no puede llegar.
Donde mis ojos se mueven
y pueden ver más allá
del hielo.
Donde te quiero sin frío
que lo impida.
Donde escucho susurrar tu voz:
cada fotón de luz
que me da calor en esta tierra.

Grito atlético de gorrión enamorado (a su conciencia)

¡Corre, gorrión!,
sobre tus patas de llama
y tus alas de estela
¡Corre! ¡Corre! Luego vuela.

¡Corre, gorrión!,
con tu ojos en el viento
y lejos de la arena.
¡Corre! ¡Corre! Luego vuela.

¡Corre, gorrión!,
para acumular fuerza;
para que no muera.
¡Corre! ¡Corre! Luego vuela.

¡Corre, gorrión!.
con el corazón en la pata
apretándolo fuerte
para que no se caiga.

¡Corre, gorrión!,
con el alma en tu mirada
ubicua desde el cielo,
¡y de dirección clara!

¡Corre, gorrión!
¡Corre a plumarráfaga!
¡Inmólate a tu corazón
con tu alma y tu mirada!

¡Corre, gorrión!,
con tus ojos en tu amor
y lejos de la arena.
¡Corre, aguanta! Y vuela.