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Mostrando entradas de julio, 2016

Sobre duendes, los labios

Me dan ganas de reírme sin motivo.
Tengo un duende en mi garganta dando pataditas. Bota en mis comisuras como en tierra una canica. Me da ganas.
Me dan ganas de besarte a ti. Decir que te abrazaría hasta esconderme en tu ropa. Hacerme tan pequeño que podría columpiarme en una fibra. Ducharme en tu sudor de verano agua limpia. Y no te conozco todavía.
Pero si ves unos ojos brillantes jugando con una gota de lluvia. Si, quizá, ves a un niño grande haciéndose un ovillo en una silla. Si ves una mano agarrando un dardo solo por el gusto de volar a la diana. Seré yo.
Cuanto más te hablo más bota el duende. Más alto.
¡Más alto!
Cuanto más alto más temo que la sombra de su bote, génesis de mi risa sobre mis labios, no regrese jamás.
Cuanto más alto más ganas me dan de mojarme, de esconderme de clavarme en la diana.
Si ves a un niño grande con edad de ochenta años. Seré yo. De nuevo.
Y en ese momento no me pidas abrazos ni me pidas besos que los estaré necesitando.
Y miraré arriba las nube…

Confesión de garganta ajena materna

Lloro gritos de silencio
con importencia mezclada
y en mi alma encarnizada
se desatan temores de abismos.
Ya te he dicho. Yo te digo
que un grito es un grito.
Lo oyen pájaros y muertos.
Gorriones. Bosques. Niños.

Yo me postro a lo valiente.
Me hundo en el filo de la espada,
y entre gritos de silencio combatiente,
atravesando, desde sueños, mi almohada.
A veces, el silencio es caliente.
Es ardientemente caliente.

Llamas de silencio negro sin calma
que sobre la hoguera se sacian.
Amor de madre en llamas.
Amor de rara a rana
sin príncipes que valgan.
Madre pensando en tartas
para el no-príncipe. La rana
con quien comparte vida y cama.


Conato de ruego

Mesa de billar con café caliente entre los labios
Arriban males. Todos años
concentrados
en minutos de discordia
bien cerrados.

Mesa de salón con bravas
delante del viento.
Papas volando
entre pensamientos.

"¡Qué salaos!" 
Eso dice
la némesis optimista
del pensamiento.

Pero en la mesa de bar en el nudo de la noche,
con birra ardiendo,
surgen otros pensamientos. Quizá ruegos.
Chantejes. Reproches. Duelos

"¡Qué salaos!" 
Eso solía decir
antes de ser pesimista,
el pensamiento.
Y aunque lo intuyo, no puedo
poner blanco
sin que salga el negro.

No se puede.
No yo. No espero.
Trago todo negro
para que no llegue a los blancos huesos.
Desespero mi pensamiento
y sangro escupiendo
este blanco papel pintado
con lo que querría
que fuesen ruegos.

Pero esta tarde con la que poemo
no es más que blanca para ellosQuienes me están viendo escribiendo.  
Es por eso que miro,
que no ruego.
Y en vez de rogar,
pierdo el tiempo.


El cardo

Cogí aquel cardo con las manos
me clavé profundamente sus púas
y entre risas que sollozan
lo amé profundamente.
Las amé profundamente.

Como el cordón que destripa un tarro de mermelada.
Como las húmedas pestañas abiertas al párpado que protege.
Como el acidificado aliño a la escarola en la ensalada.
Como cárcavas a piedras que no se mueven.

Y es
que la mano con el cardo
duele.

Él cogió mi amor entre veranos
que dormían sobre su sombra.
Las púas las dejó tiradas
después de curármelos.
Después de curármelos.

Como pintor de blanco a un abrigo de armiño.
Como el aire a una vida inmaculada.
Como una mano de muerte a la cadera de un sano niño.
Como la muerte a una vida ya acabada.

Y es
que la mano con el cardo,
sin quererlo sana

Besó el cardo mis manos
y yo tragué sus púas.
Se quedó el cardo punta
por el miedo, ahora, a mis ayudas.
Por el miedo a mis ayudas.

Como un liquen que quiere serlo sin el musgo.
Como un andrógino que quiere estancarse en sólo un sexo.
Como la lengua y a la pa…

Te beso con buenos ojos

El amor me está tocando estos días.
Tengo abierta la mirada a la gente,
y como niño tierno y sonriente,
si observo no hay miradas vacías.
Todo ojos. Todos labios todavía
que desean que alguien los bese fuerte,
con una mirada justa que acepte
que son, que desean; lo que serían.
No es sólo casualidad que te llegue
a ti, ahora, este soneto, querida.
Ahora estás anhelando ser tú misma.
No es sólo casualidad que te llegue
de quien te mira como no te miras
un beso que te ama con justicia.

Bajo la lluvia

Hace calor. De ese que se adsorbe a la piel. Hace un calor horrible, pero sé que esta nube gris va a caer sobre mí. Va a pescar cada lapa de calor con una gota de agua. ¡Mira! Aquí viene. Amor, dame la mano. Cantemos Singin’ in the rain otra vez.
Ambos parecemos desnudos. Tu camiseta blanca se transparenta haciendo burbujas sobre tu piel. Tu pelo parece una sinuosa escultura de hielo estalactítico goteando para crecer. Te ríes de mis chanclas y yo de tu parcial y cándida desnudez. Te beso. Cierro los ojos. Las gotas de tu cara rebotan a la mía y me averiguo partes de tu cara que de otra forma no podría percibir. Nos abrazamos dejando que la lluvia se cuele entre nosotros. Como pegamento líquido. Luego me señalas un charco. No tenemos edad para juegos de niños, pero nos convertimos en dos de ellos. Por primera vez en mi vida, chapoteo en los espejos del cielo que hay sobre la acera. Espejos que estallan en más lluvia y en suciedad de asfalto. Polvo. Tierra. Alquitrán. Cuanto más chapo…

Halcón de halcones

Un halcón milenario sobre mi mirada se posa.
Volando pronto pronto se anquilosa
entre nubes calmas, nubes rosas.

- ¡Arriba el atardecer, Perico!
Y todo el cielo es rojo y rosa.
- ¡Arriba el halcón de la Espinosa!
El monte en que las miradas se tocan.

Y van los halcones volando
soltando miradas de losa
sobre los atentos miradores
sobre los que caen sus sombras.

Y pronto el cielo es más rojo y rosa
con nubes negras poblando el aire
con plumas de mariposa.

Un halcón milenario sobre mi mirada se adorna.
Girando, amando, el brillo le rebosa
extendiendo sus rayos en las nubes rojas
por encima de las miradas de la Espinosa.