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Mostrando entradas de octubre, 2013

Recuérdalo, Mamá.

Ven. Dame la mano. A cada triunfo hay un amparo. Y cada canción que cantamos es nuestra ovación en el escenario en el que quiero que me veas triunfar. Ven. Convídame a un noche en un teatro de la Gran Vía a cualquier hora de cualquier día. Donde podamos empastar la voces, mirarnos en mil expresiones y abrazarnos inmersos en aplausos de cientos de corazones que ocupan un escenario. Aunque no haya público que nos vea porque siempre nos separa una pared: un cuarto muro que impide al actor ver siempre tendremos un salón Entre público y escenario Sólo hay una calle entre los dos no temas nunca, mamá porque aunque no podremos actuar al son entre tu y yo, está nuestro amor. Aunque no actuaemos en el mismo rincón siempre sabré que hay un espectador que me ve como nadie puede hacerlo. Como ninguna agencia y ningún productor.

Un Extraño 10 de Octubre - Solidaridad

Vi a un mendigo de piel negra, con voluminosos labios desgastados que vestía una chaqueta de cuero raída y desgastada. Su cuello vestía una cadena de plata con la cruz de Jesús. Tenía el pelo rizado, casi en rastas. Le faltaban dientes. Muchos. Tenía un ojo azul blanquecino, cuyo tono claro le cubría la pupila. Supuse que era tuerto. Tenía unas botas amarillas mostaza llenas de roña. Una de las botas la llevaba entre las piernas, que se encontraban colgando de la silla de ruedas en la que estaba sentado. Me costaba entenderle, pues no hablaba bien español. Me dijo que necesitaba setenta céntimos para ir a El Retiro. El billete valía euro y medio, pero el mendigo sólo llevaba ochenta céntimos. Le saqué una moneda de dos euros que llevaba en la cartera y le di el cambio. Me decidí a acompañarle. Le monté de espaldas dentro del tren, y cogimos el Ramal de Príncipe Pío-Ópera, para en Ópera coger la línea dos hasta El Retiro.  Por el camino me contó que había tenido un accident

Somos un par de uno(s)

Forjando poco a poco un beso los labios se entrelazan por los dos. Atados por convicción. No quiero irme y no lo haré nunca jamás. No voy a irme. Tenemos que hablar... Cuerpo con cuerpo mi alma se funde en un beso al que le siguen abrazos. Desnudas pieles que hacen lazos. Trazo a trazo dibujo en tí nuevos comienzos mientras la noche nos guía donde no brillan las estrellas; donde nadie podrá vernos. Todo cambió en muy poco tiempo. La música nos guía al calor al tacto y a nuestro sabor. No hay que partirse; podemos juntos volar. En la distancia nos podemos amar. No puedo irme pues quiero yo compartirme contigo y con tus alas. Quiero ayudarte a cómo alzarlas. Quiero vivirte. Vivamos juntos la vida pues yo sin ti no puedo y aunque hartos de "hasta luegos" nos uniremos a fuego. (Inspirado por la música de la canción de Mägo de Oz - Desde mi Cielo).

¿Para qué sirven las palabras?

No sirven para nada pero valen para todo lo demás. Lo demás no es más que aquella nada que la gente tiende pronto a olvidar. Una senda de sentimientos que fluyen por cordilleras de dicha y pesar. Son las luces que brillan en la oscuridad cuando las emociones quieren brotar más allá de reflexiones. O quizá... más allá pensamientos brabucones que sólo quieren despertar. Son con lo que nos comunicamos con lo que vemos, y observamos -pues el alma también sabe mirar-. Son con lo que maduramos y dejamos que toda nuestra esencia viva en cualquier formato que se escriba y, aunque la tinta no se retira hay miles de formas para escribir en un papel que se llama "vida". Son las que llaman y las que retiran. Las que dan sentido al silencio Las bitácoras de cualquer ida, el diario de cualquier momento, o las lágrimas de una despedida guardadas en

Un Extraño 10 de Octubre - Frustración

Había tenido un día de perros: me habían pegado en mitad de mi clase, me había dolido la cabeza debido a mis nervios, e incluso había soñado con Adb al-Rahman III, del que me había examinado en historia hace un par de días, ¡hasta se me habían rajado los pantalones por la entrepierna, y eran vaqueros! Estaba torpe, incluso esta vez, mi extraña manía de bloquear las puertas del metro para que la gente no pierda el tren, no me había funcionado aquella mañana con un chico. Llevaba nervioso ya dos días, pues me habían llamado para hacer el casting para un largometraje, mostrando bastante interés. Estaba nerviosísimo. Iba a ser mi primer casting. Había preguntado a mi gran amigo cinéfilo y a un actor que conocía consejos sobre el tema. La directora de casting iba a esperarme hasta las cuatro y veinte de la tarde, la hora a la que le salía, en la siguiente dirección que me dictó: Calle Higueras 4, Planta 6ª. El barrio, me había dicho que era Ópera, pero por allí no existía ninguna Ca

Orgullo Artístico

Dices que te halago pero, ¿sabes? Más me halagas tú y no me quejo: lo bosquejo para dibujarlo y aprovechar todo cuanto puedo amar a quien es mi mayor obra; la que libera de mi alma la escoria, se mete en mi memoria, y me llama, y me reclama, y, por encima de todo, como pareja y como amiga, me ama.

El Miserable

Me dirigía de camino a mi casa, un día cualquiera de verano, y me percaté de que llevaba unos días gastando más dinero de lo normal. Teniendo en cuenta lo que me preocupaba la crisis económica y cómo afectaba eso a mi familia, a pesar de que no era yo quien pagaba las facturas, me sentía culpable. Culpable por haber gastado en dos semanas unos seis o siete euros. A mitad de camino encontré, literalmente, motivos para sentirme aún más culpable: tnía enfrente de mi una melonería en un descampado diminuto que se encontraba pegado a las baldosas de la acera. En una de las esquinas metidas haica el descampado, había un mendigo. Era un hombre con apenas prendas, escuálido y pálido, cuyo aspecto enfermizao se veía adornado por una camiseta y un pantalón de colores neutros -más bien deteriorados- que levaba puestos. Esto me sumió en una paradoja culpabilizadora. Por un lado me sentía mal al comparar mi situación con la que de ese mendigo, que seguro que era peor que la mía. Por otro, querí