El Astronauta (II) - "Algo que Ver"

Me acerqué nadando sigilosamente. Ella parecía somnolienta y perdida en sus pensamientos. ¿Estará muerta? Tiene una manzana en la cabeza. Aquí el tiempo pasa muy despacio...
   -Hola -la dije con vergüenza (creo que es eso lo que siento, si es que sé lo que es sentir, claro...)-.
   -...
   -No responde, pues si que está muerta, sí... Me voy a...
   -¿Me llamabas? -dijo de repente la chica-
   -Esto...
   -Hola, soy Lucía -dijo mientras se la caía la mazana de al cabeza-
   -Encantado, soy Libre -dije humanamente-

Era la primera vez que hablaba con alguien en miles de años, y el caso es que su nombre me sonaba muchísimo. ¿Nombre? ¿Por qué sé que Lucía es un nombre?
   - ¿Qué haces aquí? -me preguntó con interés-
   - Pues venía de paseo -dije dudosamente-
   - ¿De donde?
   - Pues no tengo casa, creo. Llevo viajando muchos miles de años.
   - ¡Qué suerte! -exclamó tristemente-
   - ¿Por qué?
   - Yo llevo aquí esperando no sé cuanto tiempo. No me acuerdo de cuando tiré al mar mi último calendario. Hasta las montañas han cambiado de entonces.
   - ¿Esperando a qué? -la pregunté interrumpiéndola, con interés-
   - A alguien como tú.
   - ¿Por qué? -dije intrigado-.
   - No sé, mi último recuerdo es que tenía que esperar a alguien humano, como nosotros dos.
   - ¿Y, luego?
   - ¡Ah, sí! -dijo como si se hubiera acordado de algo- Tengo que coger una cosa. Acompáñame.

Fuimos a una cosa rara, formada por palos de, según me dijo, madera, que formaban un estructura con un techo bastante acogedor. Me dijo que esa "cosa rara" se llamaba casa, y que estaba destrozada después de tantos miles de años, no estaba en pie, pero me dijo que antaño era un hogar magnífico.

Me sentía un poco observado. La manzana que se la había caído de la cabeza, nos estaba siguiendo rodando por todos lados.
   - Oye, Lucía
   - Dime
   - Esa manzana nos está siguiendo desde que nos fuimos.
   - ¡No es una manzana! Mira...

Cogió la manzana y la lanzó al aire. De repente se convirtió en un pequeño cometa
   - ¡Hala! -dije sorprendido- ¡Es igual que el mío! Pero de color contrario...
   - Me sigue a todas partes -continuó la chica-
   - ¿Y sabes qué es?
   - Sí, es mi primer recuerdo. Mi abuelo me dijo hace mucho, mucho tiempo que estos cometas son muy especiales.
   - ¿Por qué?
   - Son cuentas pendientes
   - ¿A qué te refieres?
   - Es raro. Mi abuelo me dijo que todo el que tiene una cuenta pendiente tiene dos cometas, y cuando se juntan, es que ya has saldado tu cuenta pendiente.
   - ¿Y qué pasa si no saldas esa cuenta?
   - Que el mismo cometa nos mantiene vivos y activos hasta que la saldemos. Digamos que el cometa, nos pausa la vida, y cuando se salda la cuenta pendiente, continúa.
   - O sea, que no morimos cuando se salda, sino que nunca hemos vivido de verdad hasta que la cuenta se salda, ¿no?
   - Exacto. Por eso no pasa el tiempo para nosotros dos.
   - Oye... -dije ruborizado-
   - Sí... -contestó ella viendo mi cara avergonzada-
   - Crees que tu cometa y el mío...
   - Lo he pensado, pero los cometas reaccionan al saldar las cuentas pendientes. Si fuéramos mutuas cuentas pendientes, ya no tendríamos cometas, ¿no crees?
   - Es verdad... -dije entristecido-
   - ¡Ya hemos llegado, dijo ella!

En ese momento, me mostró un papel envuelto entre dos piedras, como si el papel estuviera clavado a modo de espada.
   - ¿Qué es esto? -la pregunté extrañado-
   - La historia de este planeta, escrita hace miles de años por mi abuelo.
   - ¿La has leído?
   - ¡No! -dijo con contundencia- me pidió que no lo hiciera hasta que te encontrase.

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