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Te maté al tocarte

Te maté al tocarte.
Te maté y ya no eras tú.
Y yo tampoco lo era.
Quise tocarte hasta el abismo
quise emocionar tus ojos y tu corazón.

Y lo hice
pero tus ojos y corazón eran otros:
tus pupilas de ceniza caliente
se hicieron de pluma húmeda,
tu piel de papel de pétalo
se hizo de tallo de árbol,
y tu corazón de niño
se hizo de gato.

Te toqué hasta el abismo,
hasta electrizar tu piel.
Pero el placer pasó por ella
como un trago por la garganta:
ligero y sin ecos en el tiempo.
Donde buscaba abismos
había ahora un profundo valle.

Entendí todo.
Entendí como un niño entiende
una flor al quitarle esos pétalos,
solo que esos pétalos no estaban
en la flor que tocaba.
Eras otra flor.
Pasaste de ser una rosa
a una orquídea salvaje.
Ahí es cuando te maté.

Te maté dentro de mis ojos
y comprendí también
que yo,
que era una amapola,
tampoco lo era,
sino una planta de menta.

Yo ya no era una flor.
Por eso no sólo te maté al tocarte:
me maté contigo.

Pero aún seguimos en el mismo jardín
y ciertas raíces nuestras se tocan
y son las más gruesas.

Fotografía de stock de una orquídea salvaje
 de ©Shathu Entayla

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