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El Ciclo del Agua

En este mundo la realidad es oscura. Incompleta. Inmadura y sensible. Cambiante.

Desde aquí veo como una gota de agua se condensa en una nube y se deforma hacia abajo, separándose de su nube madre. En el momento en que se separa, veo un rayo al otro lado. Por un instante la gota, que aun no ha empezado a caer, tiene luz propia. Me deslumbra en su reflejo.

No tarda mucho en comenzar a descender. Me invade la inmensidad de la tormenta. Voy cayendo con la gota, y alrededor veo miles de millones de otras tantas precipitándose conmigo en picado. El tiempo pasa lento. Casi recuerdo mi vida.  El vértigo desaparece entre truenos y relámpagos que se empeñan en respetarme y no tocarme. Soy un invitado en la tormenta.

Estoy llegando al mar. ¿Quién imaginaría que una persona como yo podría ser parte del ciclo del agua? Ya llevo tres mil metros cayendo en picado. Me temo que mi paracaídas no puede abrirse. Más bien porque no lo tengo. No era mi intención que me lanzasen.

Al llegar, mi amiga la gota incide contra la superficie del agitado océano, devolviéndole parte de la calma en sus ondas, en unos centímetros, durante un breve instante. Aquella gota con la que había mantenido conversaciones durante tres mil metros, se había ido, para siempre. Había entrado a ser parte de algo mucho más grande.

Ahora me toca a mi.

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Deseo

Creo que solo te he visto hoy
pero ya te he reconocido
en derramarme por tus ojos.
Te conozco de vivirte antes
con luciérnagas en la garganta.
De funambular acariciando
tu piel con vello de arrozales.
De coserme la lengua con hilo blanco
y que salga todo entre las orejas.

¡Que se partan las puertas y el tiempo!
¡Quiero desearte negra, sucia y dulce!
¡Bañarme en la esfera de un reloj parado!

¡Que se me resquebraja el pecho
y no se parte!
¡Que ver un gorrión sobre tu risa
que ver un lobo sobre tus ansias
que ver tus ojos de aguja en mi cara
o tu cabeza en mi regazo
solivianta la quebrazón de mi pecho!
¡Que no me hables! ¡Que me enajeno!
¡Que es mucha miel en iris, voz y boca!
¡Que se me convierte el pecho
en potable vaso en polvo
de cuyos detellos escapan las luciérnagas!

Te deseo. Me hago feliz pensándote.
Me siento absurdamente vivo.
No me sacia y aun me basta eso.
¡Ay cuando deseo
cómo se me entiernan y encandilan
los ojos del cuerpo!
¡Cómo haces mirar insidioso
en la codicia del afe…

Mis migajas de pan

JORGE.– Dame migas de pan, Amparo AMPARO.– No me quedan. JORGE.– Pero vi cómo le dabas a Jaime, y a Javier, y a Josué. (Pausa.) ¿No me das migajas porque me llamo Jorge? AMPARO.– No. No te doy pan porque eres Jorge. JORGE.– Pero puedo ser otra persona, si quieres. ¿Así me darías migas de pan, por lo menos? AMPARO.– No puedes no ser Jorge. Aunque no te llames Jorge. Eres y serás Jorge, hagas lo que hagas. Si te haces artista y te pones nombre artístico seguirás siendo Jorge. Si te cambias de sexo, serás Jorge con otro nombre. Si te haces monje budista y nadie te llama Jorge allí, seguirás siendo Jorge. Nada cambia quién eres JORGE.– Pero puedo ser otra persona, si quieres. AMPARO.– No puedes. JORGE.– ¿Por qué no? AMPARO.– Porque no quieres… JORGE.– ¡Sí que quiero! AMPARO.–…y yo no te negaría el pan si fueses otro. Pero yo necesito negarte el pan, Jorge. JORGE.– Llámame Elis. AMPARO.– Serás Elis, pero sigues oliendo a Jorge. Te amaba, pero a mí no me engañas. No puedes ponerte máscaras…

He sentido

Te miro porque siento alivio al mirarte. Siento que ya no respiras arena. He sentido tus músculos desmenuzarse sobre mi pecho y pararse el motor de tu cabeza.
He sentido tu angustia, tus relámpagos repentinos, tus mansedumbres forzadas, tus vomitares de alma; he visto la calma, la osadía, el hartazgo y la apatía; lo he visto todo en tu debilidad más profunda en tu vulnerabilidad más líquida.
Querer es dar cuenta que la respiración de otro te recuerda a la tuya. Y viceversa. Lo he sentido porque te he querido.


de ©Shathu Entayla