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El globo rojo de las estrellas


Airéame, globo rojo.
Llévame por tus aceras
flotando sobre el suelo
sé que no caeré
aunque te suelte.

Sonrío con ojos verdes
lima. Como a helados tropicales
tus ojos se posan en ellos.
Y suavemente, como una hoja cayendo,
como una gota de sudor por el cuello,
como la última gota de miel de la cuchara,
tus labios de agua y piel
se duermen en los míos.

El globo rojo nos hace
volar.
Aquella vez toqué una nube
–aquella vez de cristal líquido,
¿recuerdas? De amor seco–
y pájaros con alas de
espuma y hoja de palmera
surcan como cazas hambrientos
el cielo de juego
que deja el sol ominoso.

Y nosotros,
como siempre,
sobre la cuerda floja.
Entre Sirio y UY Scuti
–entre lo más brillante
y lo más grande del universo.

Bailando
de parsec a parsec
con cazas y aves
como parte del acervo
de nuestros ojos
ansiosos de universo
creador y monstruoso
ansiosos de vida.

Nadando
entre ondas gravitacionales,
y durmiendo
a orillas de una estrella
concreta
bajo todas las demás
que están lejos;
que podrían llegar
pero están lejos.

Sin soltar
jamás
aunque que pudiera,
el globo rojo.

O… ¿por qué no?
Para trepar cuerdas flojas
en el cielo

sólo hacen falta pies

que anden lo que la misma luz

por el universo
no pueda.

Imagen de Public Domain Pictures


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