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La sombra de Phi

DRAMATIS PERSONAE

PHI, un insomne por naturaleza
AMANECIDO, su sombra

ACCIÓN

De noche. Está amaneciendo. PHI está nervioso a un lado del escenario, buscando en la oscuridad de la noche algo que no le pertenece. A la noche, claro. Un rayo de sol interrumpe su búsqueda dándole en las narices desde el otro lado. Mira ansioso a su espalda. El sol le ha hecho una sombra. PHI, ríe.

PHI. –  (Se agacha para mirar su sombra.) ¡Por fin! Ya estabas tardando en llegar
AMANECIDO. – No soy como tú que vives las veinticuatro horas.
PHI. – Ya lo hemos hablado. Tú también vives esas horas, lo que pasa es que por la noche te diluyes, y hablas tan bajito que no se te entiende.
AMANECIDO. – Pues eso, como si no viviese.
PHI. – (Se levanta y echa a andar hacia el sol. No mira su sombra.) Eres un quejica...
AMANECIDO. – ¡Encima!
PHI. – No, en serio. Eres un quejica tío.
AMANECIDO. – Cómo me jode a veces ser tu sombra. No te lo imaginas.
PHI. – (Se sienta en un banco que baja del cielo. Da la espalda al sol. La sombra es muy larga.) Tendría que ser sombra para imaginármelo.
AMANECIDO. – (Entre dientes.) ¿Por qué tendrá que amanecer?
PHI. – Para que vivas más concretamente. Por la noche no hay quien te distinga.
AMANECIDO. – Oye, ¿tú no sabes más que replicar?
PHI. – Claro que sé. También sé dormir.
AMANECIDO. – (De pronto son las diez de la mañana. Hora solar.) ¡Y dale morcilla!
PHI. – (Eufórico.) ¡No! ¡En serio! Hacía tanto que no dormía que creí que se me había olvidado.
AMANECIDO. – Pero, no lo entiendo. ¿Entonces por qué me estabas esperando tan temprano?...
PHI. – (Como continuando la pregunta.) …Como siempre.
AMANECIDO. – (Suspicaz.) Exacto. Como siempre.
PHI. – Es que he dormido tan bien que me he despertado, y quería contártelo.
AMANECIDO. – Llevas contándome cómo duermes desde que nos conocemos.
PHI. – Hombre, es que nos conocemos desde que te cuento como duermo.
AMANECIDO. – A eso me refiero.
PHI. – ¡Por eso! ¿No te alegra saber que hoy he dormido bien?
AMANECIDO. – Sí, supongo.
PHI. – ¡Hasta he soñado! Yo nunca sueño, y hoy he visto colores, y luces por todas partes. Hasta me ha parecido soñar con verte hoy.
AMANECIDO. – (De pronto, es mediodía. Hora solar. PHI mira hacia abajo y su sombra hacia arriba.) Vaya, vaya. Qué bien…
PHI. – Y, ¿sabes lo mejor?
AMANECIDO. – No, pero ¿a que me lo vas a contar?
PHI. – ¡Que he dormido en casa!
AMANECIDO. – (Extrañadísimo.) ¿En casa?
PHI. – Te lo juro.
AMANECIDO. – Imposible…
PHI. – No, no, de verdad. En mi cama, con mi peluche de mapache.
AMANECIDO. – ¿También estaba tu peluche?
PHI. – ¡Sí!
AMANECIDO. – No me lo puedo creer.
PHI. – ¡Sí! Me lo he traído para enseñártelo, de hecho. (De pronto las siete de la tarde. Hora solar.)
AMANECIDO. – Qué… bonito…
PHI. – ¡A que sí! (De pronto, las diez de la noche. Hora solar.)
AMANECIDO. – Oye, Phi…
PHI. – Dime.
AMANECIDO. – Yo creo que me voy a tener que ir yendo ya, ¿eh? Creo que es tarde. Para los dos.
PHI. – No voy a volver a casa, sombra.
AMANECIDO. – Nunca lo has hecho.
PHI. – Ya.
AMANECIDO. – Aún podrías dormir bien… sí…
PHI. – Te estás diluyendo.
AMANECIDO. – Desde las siete de la tarde.
PHI. – Pero te prometo que he dormido como en casa. De verdad.
AMANECIDO. – Ya lo sé, Phi. Y me alegro mucho.
PHI. – No te alegras.
AMANECIDO. – No.
PHI. – ¿De verdad te tienes que ir?
AMANECIDO. – Ya va a terminar el día.
PHI. – Ya me entiendes…
AMANECIDO. – (Ríe amargamente.) Sí, Phi. Es mi hora.
PHI. – ¿Y yo, qué?
AMANECIDO. – Sigue soñando. (Se hace de noche de pronto.)

Pausa. PHI se queda mirando al firmamento. En último término vemos un fuego artificial volando hacia el cielo haciendo una espiral natural. Logarítmica. El fuego artificial se congela en la explosión. Por la luz AMANECIDO se proyecta en el suelo. PHI mira a su espalda. Por la luz AMANECIDO se proyecta en el suelo.

PHI. – ¿Me escuchas?...

Nadie contesta. Pausa. PHI se acurruca y se queda dormido. Pausa. El fuego artificial termina de estallar. PHI sueña. Duerme mal mientras los fuegos artificiales secundarios hacen ese pequeño bombardeo característico al terminar de estallar. De pronto empieza a amanecer. Pausa. AMANECIDO se separa de PHI y se incorpora a la tercera dimensión. Echa a andar hacia el otro lado. PHI sigue soñando mientras va pasando el día, que por primera vez no cambia de hora abruptamente, sino suavemente. PHI sigue y seguirá durmiendo. Mal. Oscuro al llegar de nuevo la noche.

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Deseo

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pero ya te he reconocido
en derramarme por tus ojos.
Te conozco de vivirte antes
con luciérnagas en la garganta.
De funambular acariciando
tu piel con vello de arrozales.
De coserme la lengua con hilo blanco
y que salga todo entre las orejas.

¡Que se partan las puertas y el tiempo!
¡Quiero desearte negra, sucia y dulce!
¡Bañarme en la esfera de un reloj parado!

¡Que se me resquebraja el pecho
y no se parte!
¡Que ver un gorrión sobre tu risa
que ver un lobo sobre tus ansias
que ver tus ojos de aguja en mi cara
o tu cabeza en mi regazo
solivianta la quebrazón de mi pecho!
¡Que no me hables! ¡Que me enajeno!
¡Que es mucha miel en iris, voz y boca!
¡Que se me convierte el pecho
en potable vaso en polvo
de cuyos detellos escapan las luciérnagas!

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los ojos del cuerpo!
¡Cómo haces mirar insidioso
en la codicia del afe…

Mis migajas de pan

JORGE.– Dame migas de pan, Amparo AMPARO.– No me quedan. JORGE.– Pero vi cómo le dabas a Jaime, y a Javier, y a Josué. (Pausa.) ¿No me das migajas porque me llamo Jorge? AMPARO.– No. No te doy pan porque eres Jorge. JORGE.– Pero puedo ser otra persona, si quieres. ¿Así me darías migas de pan, por lo menos? AMPARO.– No puedes no ser Jorge. Aunque no te llames Jorge. Eres y serás Jorge, hagas lo que hagas. Si te haces artista y te pones nombre artístico seguirás siendo Jorge. Si te cambias de sexo, serás Jorge con otro nombre. Si te haces monje budista y nadie te llama Jorge allí, seguirás siendo Jorge. Nada cambia quién eres JORGE.– Pero puedo ser otra persona, si quieres. AMPARO.– No puedes. JORGE.– ¿Por qué no? AMPARO.– Porque no quieres… JORGE.– ¡Sí que quiero! AMPARO.–…y yo no te negaría el pan si fueses otro. Pero yo necesito negarte el pan, Jorge. JORGE.– Llámame Elis. AMPARO.– Serás Elis, pero sigues oliendo a Jorge. Te amaba, pero a mí no me engañas. No puedes ponerte máscaras…

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