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El sonido del espacio

Juro solemnemente que me sorprende cómo la gente puede vivir sin mirar al cielo por las noches. Nadie es capaz de no dejarse hipnotizar por la Luna y las estrellas. Y quien diga que sí, no le creo.
Pero claro, la contaminación lumínica, las luces perpétuas de las calles y el tener que estar pendiente de ir a algún sitio –normalmente con mucha prisa– no da tiempo de nada.

Volvía a mi casa huyendo de toda esta coyuntura a la una de la mañana, después de haberme tomado unas cañas con unos colegas. Sin más, de tranquis. Nada de fiesta. Lo que pasa es que lo tranquilo suele hacerse tarde rápido.

Salí del metro con los cascos puestos, escuchando una canción lenta. Apenas unos violines, un piano, percusión suave y la voz de un tenor ligero sobre mis oídos que escindían mi realidad en ella y el mundo musical en el que me había inmerso, cuyo punto de inflexión era yo bailando y cantando sin importar quién o qué me viera. 

Así estuve cruzando una avenida hasta que me soprendió un punto de luz mientras miraba al cielo en uno de mis urbanos pasos de baile. Era la estrella polar. O tal vez Venus. Ni idea. Sólo sé que brillaba. Y aproveché para dejar de bailar con el esqueleto y pasar mi fuerza dancística a mis ojos, surcando el cielo negro de un Madrid que, contra todo pronóstico en este invierno, estaba parcialmente estrellado. Es algo que deberían decir en las noticias. No digo yo que la nieve no sea divertida y mole hacerle bromas a la gente con ella, pero las estrellas también deberían tener unos segundos en el telediario. Aunque fueran solo un para. ¡Es mucho más raro ver estrellas en Madrid que ver nieve! Aunque sea sólo por lo poco que miramos al cielo.

En fin, mientras tanto, la música en mis cascos seguía sonando, ilustrando mi visión de la Osa Menor sobre mis pupilas. A mitad de camino me percaté de que no pasaba ningún coche en aquella hora de la mañana. Y tampoco pasaba mucha gente.

De pronto sentí la necesidad de usar el asfalto como acera. Llegué a un cruce entre dos calles, sin parar de mirar a la Osa Menor y me coloqué en el centro del cruce. Y me quedé en el medio del asfalto. Quieto. Mirando al cielo y sin miedo de que pasase ningún coche. Entonces mi espacio se completó con los nuevos miles de metros de asfalto que a esa hora de la mañana podía pisar sin miedo. No pasaban coches. De pronto el asfalto de la ciudad parecía campo. No había límite bajo mis pies. No había ninguna zona por la que fuese temerario andar.Con esa sensación bajo mis zapatos saludé a la Osa Menor con mi mano desnuda. “De tú a tú”, como iguales. Como si gobernase el mismo espacio bajo mis pies que la Osa Menor sobre su cabeza. Como si me hubiese transformado en una estrella. Como si me hubiese convertido en el firmamento al que saludaba. Sólo con pisar la tierra.

 

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un brebaje mortal,
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