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El arte de recordar

Cada gesto sabe a miel cuando escribo en esta hoja. Y aún más cuando sé que escribo porque he tenido algo maravilloso: un recuerdo. Esa cosa que no es cosa por no es en ninguna parte. Pero siempre está en alguna parte. Siempre que aparece, los ojos dejan de funcionar y reproducen un vídeo durante unos instantes. Unos instantes que no tienen tiempo. Como si por un momento pudieras no vivir y recordar. O mejor, como si fuera necesario no vivir durante ese instante para poder recordar. Por supuesto hay recuerdos más allegados que otros y, como cuando ves una película. produce una reacción. Una catarsis fugaz y efímera acompañada de una sonrisa, de una mala cara, de una mirada, de un suspiro. Pero los recuerdos que más mueven son aquellos que darían ganas de representar y describir in situ y recrear, quizá (o muy probablemente) de forma torpe, pero que serían como revivirlos otra vez. Revivir con el corazón. Es curioso: Recordar. Re- cordis (corazón). Que recordar significa exactamente eso. Quizá por eso sea necesario parar la propia vida, pues volver a vivir algo es un arte complicado que en sí mismo exige volver a viajar a mundos nuevamente antiguos. Los recuerdos no son algo mortal como nosotros, por eso cada vez nos sorprenden de una manera distinta y en momentos distintos. Aunque los recuerdos en sí mismos parezcan (aunque las apariencias mienten) no cambiar demasiado.
Si muriese, me encantaría que mi Cielo fuesen mis recuerdos. Sería tan placentero... De vez en cuando no parecería mala idea quedarse en un recuerdo para siempre, ¿verdad?

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Deseo

Creo que solo te he visto hoy
pero ya te he reconocido
en derramarme por tus ojos.
Te conozco de vivirte antes
con luciérnagas en la garganta.
De funambular acariciando
tu piel con vello de arrozales.
De coserme la lengua con hilo blanco
y que salga todo entre las orejas.

¡Que se partan las puertas y el tiempo!
¡Quiero desearte negra, sucia y dulce!
¡Bañarme en la esfera de un reloj parado!

¡Que se me resquebraja el pecho
y no se parte!
¡Que ver un gorrión sobre tu risa
que ver un lobo sobre tus ansias
que ver tus ojos de aguja en mi cara
o tu cabeza en mi regazo
solivianta la quebrazón de mi pecho!
¡Que no me hables! ¡Que me enajeno!
¡Que es mucha miel en iris, voz y boca!
¡Que se me convierte el pecho
en potable vaso en polvo
de cuyos detellos escapan las luciérnagas!

Te deseo. Me hago feliz pensándote.
Me siento absurdamente vivo.
No me sacia y aun me basta eso.
¡Ay cuando deseo
cómo se me entiernan y encandilan
los ojos del cuerpo!
¡Cómo haces mirar insidioso
en la codicia del afe…

Mis migajas de pan

JORGE.– Dame migas de pan, Amparo AMPARO.– No me quedan. JORGE.– Pero vi cómo le dabas a Jaime, y a Javier, y a Josué. (Pausa.) ¿No me das migajas porque me llamo Jorge? AMPARO.– No. No te doy pan porque eres Jorge. JORGE.– Pero puedo ser otra persona, si quieres. ¿Así me darías migas de pan, por lo menos? AMPARO.– No puedes no ser Jorge. Aunque no te llames Jorge. Eres y serás Jorge, hagas lo que hagas. Si te haces artista y te pones nombre artístico seguirás siendo Jorge. Si te cambias de sexo, serás Jorge con otro nombre. Si te haces monje budista y nadie te llama Jorge allí, seguirás siendo Jorge. Nada cambia quién eres JORGE.– Pero puedo ser otra persona, si quieres. AMPARO.– No puedes. JORGE.– ¿Por qué no? AMPARO.– Porque no quieres… JORGE.– ¡Sí que quiero! AMPARO.–…y yo no te negaría el pan si fueses otro. Pero yo necesito negarte el pan, Jorge. JORGE.– Llámame Elis. AMPARO.– Serás Elis, pero sigues oliendo a Jorge. Te amaba, pero a mí no me engañas. No puedes ponerte máscaras…

Monólogo autobiográfico

Muebles geométricos llenos de vetas de madera, libros, una cama, libros, un ordenador, un cuadro aún no colgado, una pared blanca pintada con cosas ininteligibles, glosolálicas; un peluche guardián con forma de mapache con una estrella colgada al cuello, una orquídea sana, pero sin flores y un chico de pelo largo estudiando a la par inglés y su falta de vida.

YO. Si me hubieses visto hace solo veinte años. Tenía el pelo corto. Me hacían bullying y no hablaba. Llamaba la atención pero no hablaba. Lloraba pero no hablaba. Un par de luces en forma de padres comprensivos y un señor mayor que me acompañó hasta su muerte (mi madre le cuidaba por las mañanas). Siempre pienso en ir a ponerle flores, le quise mucho, pero al final me acuerdo de ir a verle a su tumba dos meses después. Digo "para el año siguiente". Y así, llevo sin ir dos años.

De pronto, una de esas luces brilló más: la curiosidad. De ahí vino el arte y mi identidad. Luego, como vórtice de Hitchcock, ansiedad en forma …