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El Abanico

Era 3 de octubre, de no sé que año, numéricamente, pero sin duda era el último año de mi vida. Me encontré de pronto con una señora mayor, de unos 50 años, que sin duda había pasado una vida difícil. Esa señora no era otra que mi abuela paterna. Siempre tenía algo para lo que abanicarse, pero nunca había usado un abanico. Siempre usaba revistas, libretas, incluso pequeñas tiras de plástico duro que tenía sin usar para encuadernar documentos. Hace años trabajó en una papaleria, y aún le quedaba material de stock.

La costumbre de mi abuela de abanicarse, se contagió sin duda a mi madre. Era extraño verlas abanicarse juntas, como si el aire fuese un juguete; eso era valorar la sutileza, y lo demás, nimiedades.

Me llevaron allí, sin mi padre, al que llevaba tiempo sin ver. Mi madre me habia dicho que había tenido que hacer un viaje urgente para repartir a otros paises. Mi padre era camionero, pero de "alto estanding", de material frágil. Era normal para él hacer esos viajes, y para nosotros sufrirlos por echarle de menos.

Dijeron ambas un día que tenían una sorpresa para mi. Pero dijeron que tendría que esperar al día siguiente. Eso hice. Estaba ilusionadísimo.

Al despertar estaba enterrado.

En el ataúd, se estaba muy incómodo. Pensé que podía ser una especie de ritual, o de broma barata para darme la sorpresa. Mi madre siempre ha sido muy macrabra, no me sorprendería. La he recordado siempre haciéndome medidas para un ataúd. Ella era enterradora.

Entonces grité: "Yaya, mamá, ¿me podéis sacar? ¡Quiero ver mi sorpresa!". Al gritar mi sonrisa se desvaneció. Noté que las paredes no vibraban y el aire retumbaba. Luego dí golpes a las paredes adyacentes y confirmé la realidad: no sonaba hueco. No había aire en varios metros cúbicos por cada dimensión del ataúd. Estaba realmente encerrado.

Me encontraba enterrado vivo en una tumba, que iba haciéndose cada vez más oscura. El aire me faltaba, pues bajo la superficie no se renovababa el oxígeno. Sólo disponía dentro del ataúd de una linterna. La encendí. Vi que las paredes del ataúd eran de metacrilato, parecido al crisal, pero en plástico, material que le encantaba, aunque no podía usarlo, mi abuela cuando era papelera.  Las paredes tenían orificios cerrados por todas partes. El ataúd parecía un coladero con los huecos cerrados.

Quedé petrificado al ver a mi lado un abanico. Me dí la vuelta cuanto pude. Entonces lo abrí, inocente. Ví que tenía pegado a él una antena y un hilo de cobre conectado a un interrumpor, permamente cerrado. Al abrir el abanico desconecté el hilo de cobre del interruptor. No pasó nada. Le dí la vuelta al abanico. Había escrita una pregunta: "¿te gustan los muelles para encuadernar?" Luego me asusté al oír en el ataúd un sonido mecánico.

De pronto se abrieron los orificios y empezó a entrar aire. Me alivió al sentirlo, si no fuera porque era aire viciado. Luego empecé a sentir que se movía algo dentro de los agujeros del ataúd. De pronto todas las paredes del ataúd se encendieron como si de una televisión envolviente se tratase. Salieron proyectados miles de abanicos rojos cerrados que al abrirse ponía: tu padre está contigo.

Visto y no visto, se apagaron las proyecciones y de los huecos empezaron a subir cosas que giraban, por todas las dimensiones del ataúd. En vida nunca olvidé ese muelle de encuadernar atravesádome el intestino.

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¡Bañarme en la esfera de un reloj parado!

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y no se parte!
¡Que ver un gorrión sobre tu risa
que ver un lobo sobre tus ansias
que ver tus ojos de aguja en mi cara
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¡Que no me hables! ¡Que me enajeno!
¡Que es mucha miel en iris, voz y boca!
¡Que se me convierte el pecho
en potable vaso en polvo
de cuyos detellos escapan las luciérnagas!

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Mis migajas de pan

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