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Lava negra

Lava negra. Grana. El abismo nos separa. Si lo paso me quemo y tú lo pasas ardiendo y quiero pasar corriendo pero parece que no puedo. Quiero. Quiero. Quiero arder en esta lava negra con tus deseos y los míos que parecen haberse ido bajo el fuego de esta tierra. Miedo. Miedo. Tengo miedo de no saber pasar el fuego de este amor; aquel que ya pasé. Donde yo decidí quedarme. Igual que tú. Los dos. El amor ese que hace no nos consumamos nunca. Ese amor lo necesito yo. Y tú. Los dos. Te necesito en el ardor de la lava grana que no es negra si se ama. ¡Amor muere, Amor por amar! ¡Cógeme y no me sueltes! Te quiero. Quémate mézclateme con un beso en esta nube de fuego que viene. ¡Que viene! ¡Cógeme! ¡No me sueltes! Abrázame como siempre. Abrázame. Muramos quemados y nuestras almas que se queden y no se diferencien.

Tantas noches

Lo he vivido tantas veces… Tantas veces he vivido el dolor de tenerte y el placer de poder perderte que acabé sintiendo dolor por perderte y un inmenso placer de tenerte. Tantas veces te he visto sonreír y por mi culpa guarecerte en tus párpados de nieve derretidos en tus pestañas. Tantas, que aun hoy, duele. Tantas veces te pedí perdón. Tantas que mi alma se marchita. Es una flor de pensamiento iris que se decolora en jazmín de nieve con cada puñal que me clavo en ti. Que sangra desde ti siempre. Esa flor, que es de color intenso, al apuñalar se hace blanca: un pensamiento sin color, que lo perdió por aquel ansia de pureza del jazmín que podía ser en potencia. Tantas. Tantas veces. Tantas lágrimas de seda derramadas al llover los ojos en los pétalos de flor para limpiar las puñaladas. Tantas. Tantas lágrimas de seda acariciadas con las yemas de los dedos que un rubor sale en nuestra mirada y quien consuela de los dos, como en un beso tierno...

Zimarrena! (Poema en lenguaje sensorial)

Este poema es un experimento. Está escrito en un idioma de gramática cercana al español, pero las palabras y la morfosintaxis así como el léxico de estas ha sido modificado sensorialmente, es decir, las palabras han sido traducidas a un "lenguaje sensorial" inventado y único para este poema. Bajo él, la traducción en español. REGLAS FONÉTICAS DE LECTURA: - Las "j" se leen como "i" española, excepto si están al final de una palabra, donde mantienen su sonoridad como "j" española. - Las tildes agudas ( ´ ) marcan la sílaba tónica de la palabra, como en español. - Las "ou" se leen "u". - Las "h" se leen como "j" española. - Las "â" se leen como "a" española. - Las "ð" se leen como "th" inglesa. EL POEMA: Zimarrena! Curanda! Zimarrena! Da félicitoyka. Du felicia. Da rénoudoyka. Du renouicia. Zimarrena! Da zimarroyka. Das, arena. Du zimacia. Das, ar...

Niebla (ejercicio de estilo)

Un bosque de sauces albinos en fila enraizados en asfalto. Lo atraviesa un sendero recto y vacío de flora, pero lleno de alquitrán. Yo estoy corriendo indefinidamente contra el viento, y el aire, y las hojas de los árboles tiran de mi cara. Son tan fuertes que tengo que ir inclinado hacia el suelo para poder avanzar. Sobretodo las hojas. La niebla es cada vez más espesa. El viento amaina progresivamente y yo me siento más bruma y llego al final de la fila de sauces. Soy tanta niebla que mis zapatos corriendo sobre el asfalto no hacen ruido; que ya ni siquiera piso; que ya no queda ningún sauce. Hay tanta niebla que sólo hay niebla. Niebla tan densa como el asfalto que se perdió con mis pisadas. Todo se ha vuelto niebla. Todo. Los sauces, el asfalto, yo. Todo es niebla. Y esa niebla se excreta rezumando de sí misma. Se diluye. Se disipa. Desaparece como si nunca hubiese dejado rastro. Y no hay rastro. Ni del bosque. Ni de mi. Ni de la niebla.

Un trozo de amor

Nuestros pasos crujen en la acera. Los de María y yo. Llevamos juntos toda una vida –que dura ya dieciséis años. Mis padres y mis abuelos me dicen siempre que es una edad tierna “no como la carne, sino como el corazón” –eso suele decirme siempre la yaya. Y sé de verdad lo que esa frase significa. Ahora estoy besando a María con tanta sinceridad como la evidencia de que una hoja en blanco está por pintar.     – Bésame otra vez, María –digo desde muy cerca de ella. María parece que va a llorar.     – ¿Qué te pasa? –le digo mientras veo que levanta la vista. Tiene una pistola apuntándole en la cabeza.     – Mira, vamos a dejar las cosas claras, ¿vale? –dice un encapuchado que le apunta mientras otro me arrebata a María–, la chica se viene con nosotros y tú te callas la boquita. No sé qué ha pasado. Cuando me quiero dar cuenta he ido hacia el encapuchado y he visto un fogonazo. Creo que me ha disparado… Sí. Ahora me dan ganas de desvanecerme, pero cr...

Los vagones (que nunca contienen estaciones)

No hay nada más tiste que un vagón en silencio. Uno en el que sólo se oye la bocina que indica su partida a la siguiente estación y el eco que éste deja en el túnel cavernoso. Hay gente mirando a todas partes, como buscando una salida. Como observando. Esperando a algo. Ese algo suele ser la estación de destino, pero en el rostro de la persona que mira están las estaciones que ha recorrido y que espera recorrer. Nunca las que no ha recorrido todavía. Ese alguien que espera algo puede bajarse, y cuando lo hace, la sensación que tenía en el vagón se traslada al pasillo; ésta, a las escaleras, luego a la calle, así hasta que esa persona llega a su verdadera estación de destino, fuera de las vías. De repente, al llegar a ese sitio, su cara cambia un instante. Quizá sonría o se ponga triste o se muestre ansiosa o aburrida o emocionada, pero ya no sólo son sus ojos los que miran, sino su rostro completo. Esta persona vive. Antes sólo se veía viviendo. En otro lado del vagón podemos encon...

Mejor soñemos, que nos odiamos

Las partículas de mi alma se hacen densas.     – Te odio. Más densas.     – Te aborrezco. Más grandes. Se apelmazan y salen en forma de un suspiro pesado abriendo la compuerta de mis lacrimales.     – Te odio–escucho otra vez. Un suspiro sale más fuerte. Las partículas de alma han subido a mis ojos y ahora caen por mis mejillas en forma de agua salada.     – ¡Te quiero!–espero.     – Te odio–desesperas.     – ¡Te amo!     – Muérete –gritas. Ese último grito llega a mis oídos casi como un insulto, pero los atraviesa como una condena a muerte. "Muérete", me dices. Y me muero. Me quedo en silencio. El cuerpo y la voz me pesan como a un bebé su cabeza o a un avión sus reactores. Sólo se oyen suspiros pesados de vapor de agua y dióxido mojando el aire. Ensuciándolo. Igual que hacen mis partículas de alma en mi cara. El aire se contamina de suspiros sucios y pesados p...