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En amórate

En amórate. Y hazlo siempre. Sube a ese barco destinado a perderse. Alza la mano e intenta coger el sol y de noche, estrellas pacientes. En amórate. Y hazlo siempre por que el amor nunca es para siempre y todos nos enamoramos deseando el peor fin: ese miedo de la vida llamado muerte. En amórate. Y duda de ti, de todo, de tu suerte pero aférrate aquien te ame y aunque se vaya, jamás te sueltes. En amórate. Y sobretodo ama. Y hazte fuerte. Lo suficientemente fuerte para ser roto fácilmente por quien te ame, y quiera, y alimente. En amórate y hazlo siempre. Que no hay nada más grande que mirar a los ojos de otra persona y atí verte; que morir en vida amando y vivir por amor tras la muerte.

Reflexiones de una gota

A veces, amigo, me veo a mi mismo como la gota de una cascada. Llena de miles de otras gotas con distintos tamaños, distinto polvo y distinto brillo. Y me noto cayendo intensamente – cómo la gravedad se cierne sobre mí. Y me concentro en caerme cuando, simplemente, debería dejarme caer. Y noto que soy el único que pierdo el brillo, y que muchas otras gotas me pasan por encima, y siento incluso que sólo yo pierdo agua. Pero, ¡qué equivocado estoy!, ¿verdad? Pues todas la gotas pierden agua en la caída, todas pierden brillo al ser pasadas por otras. Porque todas caen. Porque todas encuentran una nueva cascada desde la que desvanecerse.

Espera

Espera. Pestañea. Quita la miel de tus ojos y ve. Espera. Sé que estás solo escuchando rock de bar – baladas de amor y de invierno. Espera. ¡Que te equivocas! Que la música suave ablanda el alma. Que los ojos cansados cubren media realidad de sueños. Que algunas veces, los sueños a veces son pesadillas. Espera. Sólo un poco más. Que tu mano sin brazo está llegando al altar. Que tus labios de arena por fin exhalan tempestad. Espera. Espérame, chaval No avances más. Espérate. Que aún queda camino para aprender a andar. Que aún tienes muñones y no sabes volar. Espera a llegar, que cuando tus ojos ven el final no has llegado. No hasta que tus ojos lleguen donde tus ojos miraron. ¡Espera, chaval! Tú. Sí. El de allá. El que no se quiere acercar. Tú – mi mayor Yo: el más Yo de los dos. Espera. Espérate. Espérame. Por favor. No te me vayas más. No me vayas más.

Tiburón: gendarme de almas

Ven, Tiburón tú, que nadas bajo en el fluido de mi espíritu. Come, depreda, sáciate extíngueme por dentro que sólo quiero que un tiburón me surque mar adentro. Eres un megalodon charcarodon bebedor de la vida de mis ansias amante del manantial de mis entrañas que brillan si matas añoranzas. ¡Vive para siempre en mi, Tiburón! Pues tú estás inmerso en el mar de mi alma y cuando transpiras por tus bellas branquias tú también te llenas de mí. ¡Vive y ama el océano! Que al igual que tú amas el agua el agua también te ama a ti; y tú, como único ser eternamente vivo en mis aguas como depredador de soledades y de las falsas nimiedades; tú, al no haber si quiera un viento en la superficie de este mar que pueda hacerlo fluir; tú, Tiburón eres responsable del flujo de mi alma al haber derrocado a todos los males dejando vivas las virtudes amadas tú, Tiburón, eres el amor que me posee y me sacia – que me protege de los peces parias. Por eso, tú, Tiburón ...

Mala madre. Mucho mejor crianza.

No me gusta el dolor. Es feo, repelente y doloroso (aunque lo de feo suene redundante). El dolor es graduable pero no existe unidad de medida más que quizá, las lágrimas o, – quizá un parámetro mejor – el tiempo que dura su eco en las entrañas. El dolor es asesino, alientante, injusto, macabro, raspante Como acostarse con un erizo Como ponerse zapatos de estropajo Como ahogarse en un vaso de agua a sabiendas de ser tú más grande. Es como la risa que desvela al muerto en su propio entierro, Como el pájaro que intenta volar sin alas y se precipita de lleno al suelo. Es poco descriptible si se enfada: sólo se puede gritar. Infantil, contradictorio. Maravillosamente hijo de puta cuya madre fue en su origen un pensamiento promiscuo que se vendió para violar a todas las alegrías hasta matarlas, secarlas degollarlas, desalmarlas; tapando al amor, crucificándolo, arrollándolo a un sitio inescrutable donde quien lo busca no puede encontrarlo hasta que el ...

Cuando se pule una estaca, prende menos

Qué típico: una despedida en un andén. Y en nuestro caso, en este, van dos veces. Recuerdo tenerte llorando y temblando en mis brazos. Recuerdo que ese día hacía frío, pero nosotros no teníamos. Me dijiste que querías decirme algo que nunca me habías dicho en persona: que estabas enamorada de mí. Un tiempo después te llamé cariñosamente mala persona, tonta, cabrona y de más insultos que tenías merecidos; por decirme eso justo cuando iba a meterme en el tren. ¡Hay que tener mala fe! Pero en ese momento quería literalmente matarte. Aunque pensándolo bien, era ya algo difícil: tú estabas muerta y acababas de matarme a mí. Hoy, un año después de aquello, estamos juntos en esa misma estación. Otra vez. Pero esta vez no lloramos. Quiero decirte algo que nunca te había dicho en persona. Que estoy enamorado de ti. ¡Bah! ¡Ya te lo había dicho!, y me llamas copiota y rencoroso, y te ríes; no puedo evitar reírme cuando te ríes, ¿sabes? Recuerdo que hace un año la despedida fue horrible. A lá...

El avión que despegó

Se llamaba Elena. La primera vez que hablamos, nos tumbamos cada uno en su cama a dos mil kilómetros de distancia. De Tenerife a Madrid. Internet es maravilloso. Nos convertimos en niños inocentes dejándose llevar. Parecía que los mensajes también pudiesen enviar abrazos y miradas. La conversación se tornó tan emocionante, que terremoteábamos sobre nuestras camas. Una sonrisa allanaba mis labios y mi estómago fulguraba. Suspiraba. Así comenzó nuestra amistad. Durante los meses siguientes estuvimos viéndonos por web cam. Nos empezamos a conocer bien. Pronto nos convertimos en muy buenos amigos. Seis meses después llegó una oportunidad de vernos en persona. Ella se iba de crucero como viaje de fin de curso y tenía que hacer escala en Madrid. Decidí ir a verla. La quería mucho. De nuevo mi estómago fulguraba. Llegué al aeropuerto como otro avión más. Más que andando, planeando. Los nervios no me querían dejar en tierra. Los dos teníamos miedo de vernos. Cuando dos...