Ir al contenido principal

La curva de Hal Kirtzen



Iba de camino al trabajo. Hoy me tocaba entrevistar a un reconocido empresario sobre su vida, para un reportaje sobre inteligencia emocional. Este hombre era Hal Kirtzen, conocido popularmente por ser un hombre muy frío y calculador, que lo había pasado muy mal en su vida. Para la gran mayoría de sus trabajadores era un cabrón con pintas. Como todos los que llegan a alguna parte.
Llegué al edificio de la empresa y subí los únicos dos pisos hasta la oficina de Hal Kirtzen. Abrí la puerta y le encontré sentado frente a una mesa enorme, dando la espalda a una pared igual de grande, llena de marcos y de dibujos. En ellos había muchas líneas decorando por completo algunos de los cuadros. Debía encantarle el arte abstracto. Le dije “Buenas tardes”, el asintió. Me senté frente a él. Hal cogió un lápiz dorado perfectamente afilado entre dos dedos y se echó hacia atrás, mirándome como el gatillo a su pistola. Señor Kirtzen, ¿cómo valora usted su labor empresarial a lo largo de estos años?
-          Perfecta, claro está.
-          Así, ¿sin preámbulos? ¡Qué confianza! ¿Cómo está usted tan seguro de su trabajo?
-          Porque trabajo, y porque trabajo bien. No hay más respuesta –giró la cabeza con aire pretencioso, como saliendo de sí mismo–. Me da igual que mis trabajadores no estén contentos conmigo.
Le cambié de tema. De primeras algo hacía que no me estuviese cayendo muy bien, así que me salté la pregunta de “¿Cree que la humildad es su fuerte?”.
-          Se le ve seguro de sí mismo. ¿Puede ser debido a los sucesos que ha vivido a lo largo de su vida como empresario?
-          En absoluto –dijo como volviendo en sí de nuevo–, a los sucesos a lo largo de mi vida, a secas.
-          Comprendo. Para usted, ¿cuál ha sido su error más grande?
-          Casi todo lo que he hecho.
-          ¿Pero no decía usted que su trabajo es perfecto?
-          Es que odio la perfección. La odio muchísimo, no puede usted ni imaginárselo.
-          ¿Por qué razón?
-          Me pone negro.
-          Entonces, ¿por qué califica su trabajo como “perfecto”?
-          Como le he dicho, he sido el perfecto empresario.
-          ¿Y qué me dice sobre sus trabajadores? ¿Están igual de contentos en su empresa?
-          Por supuesto que no. Como en ninguna otra. Por eso soy el perfecto empresario.
-          Pero –cambié de tema– sí se le ha visto siempre como una persona intensamente perseverante, ¿qué hace usted para mirar rectamente hacia el futuro?
-          Amigo, la recta es la distancia más corta entre dos puntos. También es la distancia más perfecta que existe.
Al irme me percaté de que seguía mirándome y me di la vuelta. No había sonreído ni una sola vez en todo lo que llevábamos de entrevista. Daba algo de mala espina, francamente. Entonces miré a la papelera de al lado de la puerta. Estaba llena de lápices dorados doblados y partidos por la mitad, casi sin usar. El único que no había partido era el que tenía entre sus dedos. Para colmo, en la puerta había una curva enorme, también de color dorado, dibujada, como los cuadros de su oficina. Se notaba que odiaba la perfección, desde luego. Hasta en la rectitud de los lápices.
Llegué a mi casa y me puse a redactar la entrevista, procurando que el hombre no pareciese tan borde. “Curvé” un poco su discurso, en su honor.
Definitivamente yo no era como él. En mi casa estaba todo realmente perfecto. Estaba todo normal. Lo de odiar la perfección, sinceramente, me dejó muy tocado. No sabía cómo cuadrar eso de que odiase la perfección y de considerase su trabajo perfecto. No era sólo ser un prepotente, sino casi que le preocupase no serlo aún más. En esta curva me costó mucho maniobrar rectamente.


Al día siguiente me enteré de que aquel hombre había muerto.
¡Menos mal! Ya no tuve que hacer florituras literarias demagógicas para evitar destrozar su imagen pública.
Era perfecto.
Dicen que se tiró por un acantilado, que fue corriendo sin desviarse un milímetro por todo un bosque hasta que llegó a él, donde se despeñó dándose y rebotando con las rocas yendo de un lado a otro, como tanto le gustaba, al parecer. Puede estar contento: no fue una muerte perfecta.
Al parecer sus trabajadores se fueron encantados de que ese hombre hubiese muerto. Había sido el típico empresario –según él, perfecto– que se había llevado por delante a todo el mundo que estuviese en su “recto” camino.
Yo también le odiaría.
De hecho la otra versión de su muerte es que uno de sus trabajadores le arrojó por el acantilado cuando pasaba por allí.
No sé cuál es la verdadera historia, pero me parece más coherente la primera, siendo sincero. Una muerte normal, vaya. Una muerte perfecta.

Comentarios

Popular Posts

Deseo

Creo que solo te he visto hoy
pero ya te he reconocido
en derramarme por tus ojos.
Te conozco de vivirte antes
con luciérnagas en la garganta.
De funambular acariciando
tu piel con vello de arrozales.
De coserme la lengua con hilo blanco
y que salga todo entre las orejas.

¡Que se partan las puertas y el tiempo!
¡Quiero desearte negra, sucia y dulce!
¡Bañarme en la esfera de un reloj parado!

¡Que se me resquebraja el pecho
y no se parte!
¡Que ver un gorrión sobre tu risa
que ver un lobo sobre tus ansias
que ver tus ojos de aguja en mi cara
o tu cabeza en mi regazo
solivianta la quebrazón de mi pecho!
¡Que no me hables! ¡Que me enajeno!
¡Que es mucha miel en iris, voz y boca!
¡Que se me convierte el pecho
en potable vaso en polvo
de cuyos detellos escapan las luciérnagas!

Te deseo. Me hago feliz pensándote.
Me siento absurdamente vivo.
No me sacia y aun me basta eso.
¡Ay cuando deseo
cómo se me entiernan y encandilan
los ojos del cuerpo!
¡Cómo haces mirar insidioso
en la codicia del afe…

Mis migajas de pan

JORGE.– Dame migas de pan, Amparo AMPARO.– No me quedan. JORGE.– Pero vi cómo le dabas a Jaime, y a Javier, y a Josué. (Pausa.) ¿No me das migajas porque me llamo Jorge? AMPARO.– No. No te doy pan porque eres Jorge. JORGE.– Pero puedo ser otra persona, si quieres. ¿Así me darías migas de pan, por lo menos? AMPARO.– No puedes no ser Jorge. Aunque no te llames Jorge. Eres y serás Jorge, hagas lo que hagas. Si te haces artista y te pones nombre artístico seguirás siendo Jorge. Si te cambias de sexo, serás Jorge con otro nombre. Si te haces monje budista y nadie te llama Jorge allí, seguirás siendo Jorge. Nada cambia quién eres JORGE.– Pero puedo ser otra persona, si quieres. AMPARO.– No puedes. JORGE.– ¿Por qué no? AMPARO.– Porque no quieres… JORGE.– ¡Sí que quiero! AMPARO.–…y yo no te negaría el pan si fueses otro. Pero yo necesito negarte el pan, Jorge. JORGE.– Llámame Elis. AMPARO.– Serás Elis, pero sigues oliendo a Jorge. Te amaba, pero a mí no me engañas. No puedes ponerte máscaras…

Monólogo autobiográfico

Muebles geométricos llenos de vetas de madera, libros, una cama, libros, un ordenador, un cuadro aún no colgado, una pared blanca pintada con cosas ininteligibles, glosolálicas; un peluche guardián con forma de mapache con una estrella colgada al cuello, una orquídea sana, pero sin flores y un chico de pelo largo estudiando a la par inglés y su falta de vida.

YO. Si me hubieses visto hace solo veinte años. Tenía el pelo corto. Me hacían bullying y no hablaba. Llamaba la atención pero no hablaba. Lloraba pero no hablaba. Un par de luces en forma de padres comprensivos y un señor mayor que me acompañó hasta su muerte (mi madre le cuidaba por las mañanas). Siempre pienso en ir a ponerle flores, le quise mucho, pero al final me acuerdo de ir a verle a su tumba dos meses después. Digo "para el año siguiente". Y así, llevo sin ir dos años.

De pronto, una de esas luces brilló más: la curiosidad. De ahí vino el arte y mi identidad. Luego, como vórtice de Hitchcock, ansiedad en forma …