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Vacío de Cristal

En el medio de aquel cilindro de cristal se dividían las gravedades: había una frontera. Todo objeto que pasara aquella frontera cambiaba de gravedad: lo que antes caía hacía un lado, ahora cuando caía lo hacia el otro.

En cada punta del cilindro había un corazón ferruginoso por fuera y misterioso por dentro. Eran como personas, que guardan cosas que sólo ellas conocen. Eran corazones sin sentidos, pero que sentían: veían, palpaban, olían, y eran capaces de moverse por sí mismos, aunque estuviesen embotellados en ese cilindro de cristal.

Un día, a ambos se les ocurrió mirar arriba. Al techo. A la frontera difusa que no era más que una porción de aire dentro del cilindro. Al techo de su mundo.

Cabía esperar que sus miradas a falta de ojos que mirasen, se cruzasen. Eran corazones que miran consigo mismos: con el corazón. Lo único extraño del corazón, es que ve en blanco y negro: no ve colores, sólo cosas que resaltan en sí mismo cuando las mira y las distingue por su forma.

Ambos corazones decidieron simultáneamente encontrarse. Saltaron. El cilindro era pequeño, así que no tardaron en colisionar entre ellos. Rebotando hacia el suelo de cada punta del tubo acristalado.

Las chispas brotaban en las colisiones de las fachadas de hierro que cubrían ambos corazones. Empezaron a derretirse fragmentos de fachada. El recipiente en el que estaban empezó a coger tonos fluorescentes por el calor. Se acabaron fundiendo en la frontera: donde se separan los mundos y se unen; desde donde cae todo; donde dos corazones pueden fundirse y volar en la cima del mundo aunque sea dentro de un cilindro.

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Deseo

Creo que solo te he visto hoy
pero ya te he reconocido
en derramarme por tus ojos.
Te conozco de vivirte antes
con luciérnagas en la garganta.
De funambular acariciando
tu piel con vello de arrozales.
De coserme la lengua con hilo blanco
y que salga todo entre las orejas.

¡Que se partan las puertas y el tiempo!
¡Quiero desearte negra, sucia y dulce!
¡Bañarme en la esfera de un reloj parado!

¡Que se me resquebraja el pecho
y no se parte!
¡Que ver un gorrión sobre tu risa
que ver un lobo sobre tus ansias
que ver tus ojos de aguja en mi cara
o tu cabeza en mi regazo
solivianta la quebrazón de mi pecho!
¡Que no me hables! ¡Que me enajeno!
¡Que es mucha miel en iris, voz y boca!
¡Que se me convierte el pecho
en potable vaso en polvo
de cuyos detellos escapan las luciérnagas!

Te deseo. Me hago feliz pensándote.
Me siento absurdamente vivo.
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¡Ay cuando deseo
cómo se me entiernan y encandilan
los ojos del cuerpo!
¡Cómo haces mirar insidioso
en la codicia del afe…

Mis migajas de pan

JORGE.– Dame migas de pan, Amparo AMPARO.– No me quedan. JORGE.– Pero vi cómo le dabas a Jaime, y a Javier, y a Josué. (Pausa.) ¿No me das migajas porque me llamo Jorge? AMPARO.– No. No te doy pan porque eres Jorge. JORGE.– Pero puedo ser otra persona, si quieres. ¿Así me darías migas de pan, por lo menos? AMPARO.– No puedes no ser Jorge. Aunque no te llames Jorge. Eres y serás Jorge, hagas lo que hagas. Si te haces artista y te pones nombre artístico seguirás siendo Jorge. Si te cambias de sexo, serás Jorge con otro nombre. Si te haces monje budista y nadie te llama Jorge allí, seguirás siendo Jorge. Nada cambia quién eres JORGE.– Pero puedo ser otra persona, si quieres. AMPARO.– No puedes. JORGE.– ¿Por qué no? AMPARO.– Porque no quieres… JORGE.– ¡Sí que quiero! AMPARO.–…y yo no te negaría el pan si fueses otro. Pero yo necesito negarte el pan, Jorge. JORGE.– Llámame Elis. AMPARO.– Serás Elis, pero sigues oliendo a Jorge. Te amaba, pero a mí no me engañas. No puedes ponerte máscaras…

Monólogo autobiográfico

Muebles geométricos llenos de vetas de madera, libros, una cama, libros, un ordenador, un cuadro aún no colgado, una pared blanca pintada con cosas ininteligibles, glosolálicas; un peluche guardián con forma de mapache con una estrella colgada al cuello, una orquídea sana, pero sin flores y un chico de pelo largo estudiando a la par inglés y su falta de vida.

YO. Si me hubieses visto hace solo veinte años. Tenía el pelo corto. Me hacían bullying y no hablaba. Llamaba la atención pero no hablaba. Lloraba pero no hablaba. Un par de luces en forma de padres comprensivos y un señor mayor que me acompañó hasta su muerte (mi madre le cuidaba por las mañanas). Siempre pienso en ir a ponerle flores, le quise mucho, pero al final me acuerdo de ir a verle a su tumba dos meses después. Digo "para el año siguiente". Y así, llevo sin ir dos años.

De pronto, una de esas luces brilló más: la curiosidad. De ahí vino el arte y mi identidad. Luego, como vórtice de Hitchcock, ansiedad en forma …