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El Crucero

Ahí te veía. Como siempre. Como todos los días. Apoyada estática sobre la baranda del barco, mirando su cola de sobre el mar. Donde el amor se consumaba y se consumía. Donde cada vez que nos hemos besado. En ese el momento en el que el barco cortaba las olas, y explosionaba en nuestros rostros.
Recuerdo cuando, de pronto, nuestro pelo se volvía más oscuro y arcilloso, y tus puntas se alisaban haciéndote caer una gota por el pecho, que se escondía bajo tu camisa. En ese momento en el que la luz infantil jugaba con los brillos de agua salada en nuestra ropa y piel.
Recuerdo ver el barco que cortaba otra ola más grande. Una ola que pasaba por encima de nosotros como un cristal translúcido, y nos arropaba cuando nos mojaba. El barco viraba de lo fuerte que era, hasta hacernos tropezar. Entonces, caídos de rodillas en el suelo, veíamos cómo el agua salada se hacía mouse sobre el barco, y luego se evaporaba entre fotones hacia una atmósfera sedosa. Los dos reíamos, como la luz entre las nubes, coándose juguetona por sus pequeños agujeros para llamar la atención.
Recuerdo que nos levantamos. Te quité el sombrero de paja que llevabas. El barco ya llegaba a su destino después de una semana de crucero, y nosotros sin haber pisado aún tierra, pero habiendo llegado al cielo varias veces. Dejé el sombrero en el suelo y te besé como las manos de un alfarero. Como una hoja aterrizando al suelo.
Entonces bajamos cogidos de la mano, con nuestras cuatro comisuras alzadas, mirando fijamente los rayos de nuestros irises. Entonces dejé de verte y cerré los ojos. Me besaste como lo haría una hoja de papel entre mis labios, como cuando en invierno los desescarcha.
Tras mordernos los labios repetidas veces, nos abrazamos magmáticamente. Te dije al oído “Esta debería ser la última vez que nos vemos, pero yo no quiero que sea la última”. “Ni yo tampoco”, me contestaste. Trece años después, al volver a este lugar, me entero de que has muerto, pero subido en este barco no puedo evitar verte sonreír entre las nubes, jugando entres su huecos. Todavía sigues haciendo seda sobre el agua.


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Para la gente a la que beses

Hay gente  que necesitas besar  muchas veces  porque el fin de un beso es  siempre  el principio de otro  que aún no ha venido. Hay gente que necesitas besar  muchas veces porque cada beso es siempre como estar en casa y ser querido. Hay gente que la besas y no vuelve (pocas veces). Pero dentro de ti es siempre un recuerdo vívido de haber vivido. Hay gente que la besas y no vuelve muchas veces y duele ver, porque es siempre ver al otro yendo a otros caminos. Hay gente  que la besas, te arrepientes y así siempre, muchas, o una sola vez. Siempre, y aunque no después, besar se quiso. Hay gente que la besas y no vuelve para siempre porque el mismo tiempo es siempre quien os ha llevado  hacia el olvido. Hay gente  que la besas y sí vuelve muchas veces, y despierta algo que es siempre algo que aun dormido era cariño. Hay gente que no besas y sí vuelve muchas veces, y se queda porque es siempre amor, aun siendo otro que el del inicio. Hay gente...

Recuerdos como noches

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Sed de pájaro

Me encontré con un anciano de piel seca y raída por el tiempo. De manos temblorosas de nervios. De ojos vidriosos de sed. Déjame que me detenga un momento en esta sed, porque era incomprensible. Le llevaba agua y la escupía, o la tragaba sin saciarle. La sed de ese anciano era de otra naturaleza. «No es a mí a quien deberías de cuidar» —me decía. Pero yo no le escuchaba porque el tiempo se acababa. Y no engordaba. Y tocar su piel empezaba a parecerse a tocar una espiga de trigo. Entonces pasó algo que no podía verme venir. De pronto le vi sonriendo como alumbran mil soles. Lloraba de alegría y miraba al suelo. Sobre su mano tenía una pluma verde, preciosa. Ese día dijo: «Ya no tengo sed». Nunca había dormido tan bien desde que le conocí. Sentí una envidia inenarrable, pero no sabía bien a qué. Pero los días pasaban, y esa alegría era fútil como el silbar del viento cuando no hay brisa; que parece un milagro. Y el silbido paró. Y, de pronto, se moría de sed y su piel era, de nuevo, de t...