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Las Preguntas de la Nada

Un joven peregrino entra a un mesón poco después del alba. Estaba prácticamente deshabitado. El viajero está sediento pero tranquilo, casi como si no sintiese su sed. Sin pensarlo, se sienta, y responde al mesonero, mientras él hablaba con voz pastosa.

- ¡Buenos días por la mañana!
¿Qué le trae a mi humilde morada?
- Verá soy viajero, y hago preguntas
- ¿Sí? ¿Qué tipo de preguntas?
- Las llamo "preguntas de la nada"
- ¡Qué nombre! ¿Por qué las llama así?
- Secreto, no lo debo decir.
- Me pica usted la curiosidad
- Debería ser al revés, la verdad
- Debe estar sediento, siéntese aquí.

El mesonero, sin pensarlo, fue a por una botella de agua.

- Y bien, ¿qué le trae por aquí?
- La curiosidad, he de decir.
- ¿Y qué le parece curioso?
- Todo para mí es curioso.
- Es usted la mar de extraño
- Suelen llamármelo desde antaño.
- ¿Y qué es lo que quiere saber?
¿Qué le parece curioso a usted?
- Las preguntas de la nada
- ¿Qué son? ¿de qué habla?
- Preguntas que "se dejan hacer"
- ¿Cómo que "se dejan hacer"?
¿Quiere hacerse el interesante?
- No, pero era impresionante
que eras tú quien preguntaba
cuando yo tenía la curiosidad
y parecía qué tú no la portabas.
Mi pregunta ha sido realizada.

El viajero bebió su agua y se fue bajo la hierática mirada del mesonero, que no alcanzaba a comprender del todo lo que había pasado...




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