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Carta Scout

Lo recuerdo... Recuerdo aquel día... Llevabamos ya unos cuantos días en los Scout, con todas aquellas canciones -creo que conservo el liberto por alguna parte- aquellos extraños días que me cambiaron para siempre. Me hicieron apreciar la naturaleza, el valor de lo sencillo, la grandeza de la sutileza y la compasión a los detalles de la montaña y el entorno natural. Todavía recuerdo aquellas nefastas colinas que presentaban al sol tu cuerpo exhausto y le llenaban de rayos sofocantes a mediodía. Todavía recuerdo aquella cuesta abajo interminable sin pausas que mataba hasta a las ampollas y los callos que la misma cuesta te provocaba. Todavía recuerdo aquella salida, antes del alba, viendo salir el sol, cruzando ríos, subiendo montañas, atravesando valles y acantillados. Recuerdo aquel paisaje otoñal que marcaría un hito en mi vida. Una etérea y suave luz en aquel deslumbrante paisaje. Era irónico. Parecía que cada montaña estaba en una estación del año. Al fondo veías el verano, con paisajes secos y cálidos. A otro lado veías el invierno, nevado y blanco. En el medio estaba la primavera. Cuya luz se vislumbraba perfectamente a pesar de estar a varios kilómetros de donde estaba yo. Yo estaba en el otoño, con hojas amarillas y marrones que como una lluvia acogían al más perdido peregrino en aquellas sendas. Sabía que nunca volvería allí, pero también, aunque vagamente, supe que nunca iba a olvidarlo.

Más tarde, vino lo que sería para mí el mayor signo de aceptación, la cual no veía por parte de mis camaradas, pero que realmente tenía. Mi desconfianza y su ironía mal medida y a veces despiadada me aislaba de la gente. Ese signo fue la pañoleta Scout, que la mayoría de la gente pensaba que no merecía... Todavía recuerdo aquel  día en el regazo de la bandera scout, de noche, con las luces del foco iluminándome y con todas aquellas miradas oscuras y desconfiadas intentando atravesar el umbral de la felicidad que sentí, durante un instante, cuando por primera vez en mi vida, me aceptaron dándome esa pañoleta.

Han pasado casi cinco años desde entonces, desde que me fui. Sentí que mi vida Scout debía terminar allí, dejando mis recuerdos en aquel baúl que nunca tuvo nada mío, el baúl Scout de los recuerdos. Mi misión como Scout había terminado mas todavía no puedo olvidar aquellos días, porque quien es Scout un día, lo es toda su vida.

Hay veces que me paso por allí contemplando con vergüenza y con felicidad agridulce ese ambiente, al que traicioné y al que quiero, pero por mucho que me pese no puedo volver. Agradeceré hasta el fin de mis días aquella pañoleta que llevo puesta ahora mismo y aquel grupo Scout que me hizo vivir de verdad, por primera vez en mi vida...

Gracias.

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Deseo

Creo que solo te he visto hoy
pero ya te he reconocido
en derramarme por tus ojos.
Te conozco de vivirte antes
con luciérnagas en la garganta.
De funambular acariciando
tu piel con vello de arrozales.
De coserme la lengua con hilo blanco
y que salga todo entre las orejas.

¡Que se partan las puertas y el tiempo!
¡Quiero desearte negra, sucia y dulce!
¡Bañarme en la esfera de un reloj parado!

¡Que se me resquebraja el pecho
y no se parte!
¡Que ver un gorrión sobre tu risa
que ver un lobo sobre tus ansias
que ver tus ojos de aguja en mi cara
o tu cabeza en mi regazo
solivianta la quebrazón de mi pecho!
¡Que no me hables! ¡Que me enajeno!
¡Que es mucha miel en iris, voz y boca!
¡Que se me convierte el pecho
en potable vaso en polvo
de cuyos detellos escapan las luciérnagas!

Te deseo. Me hago feliz pensándote.
Me siento absurdamente vivo.
No me sacia y aun me basta eso.
¡Ay cuando deseo
cómo se me entiernan y encandilan
los ojos del cuerpo!
¡Cómo haces mirar insidioso
en la codicia del afe…

Mis migajas de pan

JORGE.– Dame migas de pan, Amparo AMPARO.– No me quedan. JORGE.– Pero vi cómo le dabas a Jaime, y a Javier, y a Josué. (Pausa.) ¿No me das migajas porque me llamo Jorge? AMPARO.– No. No te doy pan porque eres Jorge. JORGE.– Pero puedo ser otra persona, si quieres. ¿Así me darías migas de pan, por lo menos? AMPARO.– No puedes no ser Jorge. Aunque no te llames Jorge. Eres y serás Jorge, hagas lo que hagas. Si te haces artista y te pones nombre artístico seguirás siendo Jorge. Si te cambias de sexo, serás Jorge con otro nombre. Si te haces monje budista y nadie te llama Jorge allí, seguirás siendo Jorge. Nada cambia quién eres JORGE.– Pero puedo ser otra persona, si quieres. AMPARO.– No puedes. JORGE.– ¿Por qué no? AMPARO.– Porque no quieres… JORGE.– ¡Sí que quiero! AMPARO.–…y yo no te negaría el pan si fueses otro. Pero yo necesito negarte el pan, Jorge. JORGE.– Llámame Elis. AMPARO.– Serás Elis, pero sigues oliendo a Jorge. Te amaba, pero a mí no me engañas. No puedes ponerte máscaras…

He sentido

Te miro porque siento alivio al mirarte. Siento que ya no respiras arena. He sentido tus músculos desmenuzarse sobre mi pecho y pararse el motor de tu cabeza.
He sentido tu angustia, tus relámpagos repentinos, tus mansedumbres forzadas, tus vomitares de alma; he visto la calma, la osadía, el hartazgo y la apatía; lo he visto todo en tu debilidad más profunda en tu vulnerabilidad más líquida.
Querer es dar cuenta que la respiración de otro te recuerda a la tuya. Y viceversa. Lo he sentido porque te he querido.


de ©Shathu Entayla