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Soliloquio

"Sufriendo mi soliloquio mi vida se pierde en un mar de dudas. Sé que he cometido acciones en mi vida guiadas por mi corazón, pero todas han fracasado. 
Mi lucha constante conmigo mismo es una espora ácida que infecta y deja sin movimiento todo lo que me rodea. Muchas sensaciones agridulces de dolor inmenso y felicidad parcial se ocultan tras una sonrisa falsa, una actitud hipócrita. 
Sin embargo, me doy cuenta de que realmente no valgo para tanto. Hay mucha gente mucho mejor que yo, y yo no encajo en nadie. Lo que me da rabia es haberme topado con gente mejor que yo en todas las situaciones de mi vida, es un calvario. Sé que no soy perfecto, ni si quiera bueno, pero quizá incluso yo merezco una oportunidad."

Empecé a pensar esto cuando salí de mi casa, solo y desamparado, buscando un lugar imaginario en el que guarecerme. Digo imaginario porque no puedes guarecerte en una persona. Salí con la esperanza de verla de lejos, o de saludarla con indiferencia aunque en el fondo sabía que no la encontraría, y no me equivocaba.
Anduve, pasé por su casa vergonzoso para no reconoceré a mí mismo que quería cruzar su portal, al que ni siquiera me atrevía a acercarme.

Llegué a una plaza con bancos de granito y me senté en uno de ellos. Espantado por el brillo del sol del mediodía y el miedo a ver a esa persona, me fui. Salí corriendo. Volví a pasar por su casa sin parar. Corrí, corrí desesperadamente hasta mi hogar, donde solo me esperaban el papel y el bolígrafo que harían este relato, este calvario, este soliloquio...


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Para la gente a la que beses

Hay gente  que necesitas besar  muchas veces  porque el fin de un beso es  siempre  el principio de otro  que aún no ha venido. Hay gente que necesitas besar  muchas veces porque cada beso es siempre como estar en casa y ser querido. Hay gente que la besas y no vuelve (pocas veces). Pero dentro de ti es siempre un recuerdo vívido de haber vivido. Hay gente que la besas y no vuelve muchas veces y duele ver, porque es siempre ver al otro yendo a otros caminos. Hay gente  que la besas, te arrepientes y así siempre, muchas, o una sola vez. Siempre, y aunque no después, besar se quiso. Hay gente que la besas y no vuelve para siempre porque el mismo tiempo es siempre quien os ha llevado  hacia el olvido. Hay gente  que la besas y sí vuelve muchas veces, y despierta algo que es siempre algo que aun dormido era cariño. Hay gente que no besas y sí vuelve muchas veces, y se queda porque es siempre amor, aun siendo otro que el del inicio. Hay gente...

Recuerdos como noches

Cuando la noche se asienta, cuando el día se termina, cercan los horizontes de mis ojos los recuerdos. Esos que veo junto a la estela de mis pasos. Cuando la noche se asienta y su silencio se posa afloran pensamientos en mi mente: los recuerdos  a los que temo. Junto a la estela de mis pasos. Porque mis recuerdos se me aferran como a la piel, cicatrices, como a la retina, luz como al esperar, el tiempo. Puede ser que sean bellos esos recuerdos. Aún me inquietan. Hay carcasas bellas con adentros feos. Porque mis recuerdos se me aferran como la corriente al nervio, como la mano al puñal, como el párpado a lo visto. Y sé bien perderme en ellos —en los recuerdos que son veneno— incluso más que en todos mis pasos mismos. Imagen hecha con Leonardo AI  de ©Shathu Entayla

Sed de pájaro

Me encontré con un anciano de piel seca y raída por el tiempo. De manos temblorosas de nervios. De ojos vidriosos de sed. Déjame que me detenga un momento en esta sed, porque era incomprensible. Le llevaba agua y la escupía, o la tragaba sin saciarle. La sed de ese anciano era de otra naturaleza. «No es a mí a quien deberías de cuidar» —me decía. Pero yo no le escuchaba porque el tiempo se acababa. Y no engordaba. Y tocar su piel empezaba a parecerse a tocar una espiga de trigo. Entonces pasó algo que no podía verme venir. De pronto le vi sonriendo como alumbran mil soles. Lloraba de alegría y miraba al suelo. Sobre su mano tenía una pluma verde, preciosa. Ese día dijo: «Ya no tengo sed». Nunca había dormido tan bien desde que le conocí. Sentí una envidia inenarrable, pero no sabía bien a qué. Pero los días pasaban, y esa alegría era fútil como el silbar del viento cuando no hay brisa; que parece un milagro. Y el silbido paró. Y, de pronto, se moría de sed y su piel era, de nuevo, de t...