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Soliloquio

"Sufriendo mi soliloquio mi vida se pierde en un mar de dudas. Sé que he cometido acciones en mi vida guiadas por mi corazón, pero todas han fracasado. 
Mi lucha constante conmigo mismo es una espora ácida que infecta y deja sin movimiento todo lo que me rodea. Muchas sensaciones agridulces de dolor inmenso y felicidad parcial se ocultan tras una sonrisa falsa, una actitud hipócrita. 
Sin embargo, me doy cuenta de que realmente no valgo para tanto. Hay mucha gente mucho mejor que yo, y yo no encajo en nadie. Lo que me da rabia es haberme topado con gente mejor que yo en todas las situaciones de mi vida, es un calvario. Sé que no soy perfecto, ni si quiera bueno, pero quizá incluso yo merezco una oportunidad."

Empecé a pensar esto cuando salí de mi casa, solo y desamparado, buscando un lugar imaginario en el que guarecerme. Digo imaginario porque no puedes guarecerte en una persona. Salí con la esperanza de verla de lejos, o de saludarla con indiferencia aunque en el fondo sabía que no la encontraría, y no me equivocaba.
Anduve, pasé por su casa vergonzoso para no reconoceré a mí mismo que quería cruzar su portal, al que ni siquiera me atrevía a acercarme.

Llegué a una plaza con bancos de granito y me senté en uno de ellos. Espantado por el brillo del sol del mediodía y el miedo a ver a esa persona, me fui. Salí corriendo. Volví a pasar por su casa sin parar. Corrí, corrí desesperadamente hasta mi hogar, donde solo me esperaban el papel y el bolígrafo que harían este relato, este calvario, este soliloquio...


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Hebrón (de Palestina)

Entre tus coágulos inesperados, Entre tus alambradas que, sin avisar, reptan por tus paredes y tus calles emanando un hedor a claustrofobia inevitable; hedor catalizado por aguas fecales vertidas por prometidos a una tierra sobre la paz de tus zocos,
ahí, el azul y el blanco se mezclan con verde, rojo y negro y todos ellos buscan su supremacía colapsando esa fluidez plástica que debería caracterizar a los colores y a las fronteras.
Pero entre tus calles hay sonrisas árabes astucia comercial que intimida que admira, calurosa generosidad y bienvenida. Vida que se quiere normal.
Una atmósfera de música y gritos apelativos frente al silencio de tu lado fantasma en el que solo recuerdos palestinos descansan; una atmósfera viva con fronteras que cortan, o peor, que habitan las calles; una atmósfera de paz que convive e ignora conveniente y humanamente la guerra que le acecha como una serpiente azul reptando sobre aguas blancas -aunque nunca transparentes- bajo una noche clara y una est…

Deseo

Creo que solo te he visto hoy
pero ya te he reconocido
en derramarme por tus ojos.
Te conozco de vivirte antes
con luciérnagas en la garganta.
De funambular acariciando
tu piel con vello de arrozales.
De coserme la lengua con hilo blanco
y que salga todo entre las orejas.

¡Que se partan las puertas y el tiempo!
¡Quiero desearte negra, sucia y dulce!
¡Bañarme en la esfera de un reloj parado!

¡Que se me resquebraja el pecho
y no se parte!
¡Que ver un gorrión sobre tu risa
que ver un lobo sobre tus ansias
que ver tus ojos de aguja en mi cara
o tu cabeza en mi regazo
solivianta la quebrazón de mi pecho!
¡Que no me hables! ¡Que me enajeno!
¡Que es mucha miel en iris, voz y boca!
¡Que se me convierte el pecho
en potable vaso en polvo
de cuyos detellos escapan las luciérnagas!

Te deseo. Me hago feliz pensándote.
Me siento absurdamente vivo.
No me sacia y aun me basta eso.
¡Ay cuando deseo
cómo se me entiernan y encandilan
los ojos del cuerpo!
¡Cómo haces mirar insidioso
en la codicia del afe…

El Mar Rojo

Aguas de todas partes contienes. Cuatro naciones te pueblan con distintas banderas y morales. Entre la rojez propia de la guerra tu rojez es literaria y unifica; tus corales y medusas sin tentáculos, tus espinas traicionares en la arena,  tus playas levantando las faldas del Sinaí y por el otro lado amurallando Arabia todo tú  eres paz. Una paz inhóspita. Despoblada. Agresiva.
Estás rodeado de desierto. Y tu desierto solo lo habitan comercios cerrados, pueblos pequeños y turistas cegados por la estrella de un rey. Tus aguas son verdes, moradas y azules desde la orilla. Supongo que al mezclar esos colores el alma se enrojece y de ahí tu nombre… o porque quemas con el desierto que te sitia o porque tus atardeceres sinaíes son rojos o porque las montañas que te cercan son granas (¡vaya a saber Moisés!) lo cierto es que llevas en tus golfos el rojo en sus dos caras: el del amor y el de la guerra; y en tu desierto, ambos se juntan (¡الحمد لله)
y se vuelven agua y arena.