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La paloma

Hoy voy a ser sincero... Ayer vi a una paloma. Movía su pico a tempo de claqué y miraba especialmente hacia el cielo. Era una paloma blanca de cuello azul celeste y patas doradas. Como el filo de sus alas.

De pronto echó a volar. Como una luciérnaga, como un espejismo, como una ola antes de romper en la orilla, como nubes de tormenta, como humo de tabaco. Como el momento en que olvidamos sin darnos cuenta. Como tierra rica. Como aquella vez que. Como una mariposa a punto de aterrizar en una corola. Como una rosa sacando sus primeros pétalos inmaduros y sus espinas. Como un petardo al final de la mecha. Como la últimas celda de un panal de abejas. Como la primera gota de lluvia sobre un hombro. Como el murmuro de las hojas de otoño. Como una bengala de socorro. Como el puñetazo que lleva al siguiente. Como la fluctuación de las isóbaras. Como el viento. Como coger la lija para afilar. Como soplar vidrio. Como lava densa y tranquila. Como la mitad despistada y arrepentida de una lengua bífida. Como el último mueble de la mudanza. Como la tristeza, la alegría y la suerte.

Así vi volar a la paloma: sin verla en absoluto. Vi todo lo que podía ser. Todas y cada una de las rutas que podría haber volado. Todos los vencejos incontables que vio desde su nido sin darse cuenta de la infinitud del proyecto de sus alas, ni de que aquel sería quizá su segundo y último vuelo. Así la vi. Traviesamente. Volando hacia delante. Hacia y hasta el final. Así la vi sin verla, justo antes de echar a volar. Así la he visto siempre. Siempre que soy capaz de ver. Siempre que vuelve sobre un tejado y pía sobre el cristal desde una teja. Siempre. Siempre que abro la ventana para verla.


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Deseo

Creo que solo te he visto hoy
pero ya te he reconocido
en derramarme por tus ojos.
Te conozco de vivirte antes
con luciérnagas en la garganta.
De funambular acariciando
tu piel con vello de arrozales.
De coserme la lengua con hilo blanco
y que salga todo entre las orejas.

¡Que se partan las puertas y el tiempo!
¡Quiero desearte negra, sucia y dulce!
¡Bañarme en la esfera de un reloj parado!

¡Que se me resquebraja el pecho
y no se parte!
¡Que ver un gorrión sobre tu risa
que ver un lobo sobre tus ansias
que ver tus ojos de aguja en mi cara
o tu cabeza en mi regazo
solivianta la quebrazón de mi pecho!
¡Que no me hables! ¡Que me enajeno!
¡Que es mucha miel en iris, voz y boca!
¡Que se me convierte el pecho
en potable vaso en polvo
de cuyos detellos escapan las luciérnagas!

Te deseo. Me hago feliz pensándote.
Me siento absurdamente vivo.
No me sacia y aun me basta eso.
¡Ay cuando deseo
cómo se me entiernan y encandilan
los ojos del cuerpo!
¡Cómo haces mirar insidioso
en la codicia del afe…

Mis migajas de pan

JORGE.– Dame migas de pan, Amparo AMPARO.– No me quedan. JORGE.– Pero vi cómo le dabas a Jaime, y a Javier, y a Josué. (Pausa.) ¿No me das migajas porque me llamo Jorge? AMPARO.– No. No te doy pan porque eres Jorge. JORGE.– Pero puedo ser otra persona, si quieres. ¿Así me darías migas de pan, por lo menos? AMPARO.– No puedes no ser Jorge. Aunque no te llames Jorge. Eres y serás Jorge, hagas lo que hagas. Si te haces artista y te pones nombre artístico seguirás siendo Jorge. Si te cambias de sexo, serás Jorge con otro nombre. Si te haces monje budista y nadie te llama Jorge allí, seguirás siendo Jorge. Nada cambia quién eres JORGE.– Pero puedo ser otra persona, si quieres. AMPARO.– No puedes. JORGE.– ¿Por qué no? AMPARO.– Porque no quieres… JORGE.– ¡Sí que quiero! AMPARO.–…y yo no te negaría el pan si fueses otro. Pero yo necesito negarte el pan, Jorge. JORGE.– Llámame Elis. AMPARO.– Serás Elis, pero sigues oliendo a Jorge. Te amaba, pero a mí no me engañas. No puedes ponerte máscaras…

Monólogo autobiográfico

Muebles geométricos llenos de vetas de madera, libros, una cama, libros, un ordenador, un cuadro aún no colgado, una pared blanca pintada con cosas ininteligibles, glosolálicas; un peluche guardián con forma de mapache con una estrella colgada al cuello, una orquídea sana, pero sin flores y un chico de pelo largo estudiando a la par inglés y su falta de vida.

YO. Si me hubieses visto hace solo veinte años. Tenía el pelo corto. Me hacían bullying y no hablaba. Llamaba la atención pero no hablaba. Lloraba pero no hablaba. Un par de luces en forma de padres comprensivos y un señor mayor que me acompañó hasta su muerte (mi madre le cuidaba por las mañanas). Siempre pienso en ir a ponerle flores, le quise mucho, pero al final me acuerdo de ir a verle a su tumba dos meses después. Digo "para el año siguiente". Y así, llevo sin ir dos años.

De pronto, una de esas luces brilló más: la curiosidad. De ahí vino el arte y mi identidad. Luego, como vórtice de Hitchcock, ansiedad en forma …