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El Narrador: Parte 5 - El Vacío

No me lo puedo creer. Me he quedado sólo. Sin personajes que escribir... Ya no soy nada en esta historia. Kohn: un narrador narrado que ya no puede narrar. Mis propios personajes han tomado el control y ahora soy su títere maniatado sin cuerdas que manejar. No tengo poder.

¡Maldito Gulme! Ahora no existe, y mi existencia en esta historia tampoco es útil. Me inventaría otra pero, ¿para qué engañarse?: Aunque yo también tenga mis momentos de libertad también soy una marioneta del verdadero escritor de esta historia. Ni si quiera tengo la libertad para escribir estos sentimientos... Sólo son creaciones del autor, que me da vida. ¡Le odio! ¡Le odio! Quiero dejar de existir aquí. 

Gulme, Clara, ¡llevadme con vosotros! ¡Os lo suplico! ¡No quiero controlar ni ser escrito más! ¡No quiero! ¡Dejadme ser libre, aunque no tenga vida! ¡Dejadme serlo! ¡Shathu, déjame!

Sabéis qué es lo mejor, ¿lectores? Que ningún personaje en esta historia dejará de existir, pues habrá alguien que leyéndoles les habrá dado vida. Os aseguro que no tenía pensado hacer esta historia así hasta el capítulo anterior; los personajes han cobrado vida. Yo sólo he reconocido que tenían una. 

Si no me creéis, volved a leer este relato sin leer las palabras de color; la historia no dejará de tener sentido, aunque tendrá un sentido diferente, desde luego. 

Será una historia sin libertad. Las palabras de una historia que, en realidad, no vale la pena ser leída si no se es capaz de ver más allá. Más allá del poder que en realidad ocultan sus palabras.

FIN

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Deseo

Creo que solo te he visto hoy
pero ya te he reconocido
en derramarme por tus ojos.
Te conozco de vivirte antes
con luciérnagas en la garganta.
De funambular acariciando
tu piel con vello de arrozales.
De coserme la lengua con hilo blanco
y que salga todo entre las orejas.

¡Que se partan las puertas y el tiempo!
¡Quiero desearte negra, sucia y dulce!
¡Bañarme en la esfera de un reloj parado!

¡Que se me resquebraja el pecho
y no se parte!
¡Que ver un gorrión sobre tu risa
que ver un lobo sobre tus ansias
que ver tus ojos de aguja en mi cara
o tu cabeza en mi regazo
solivianta la quebrazón de mi pecho!
¡Que no me hables! ¡Que me enajeno!
¡Que es mucha miel en iris, voz y boca!
¡Que se me convierte el pecho
en potable vaso en polvo
de cuyos detellos escapan las luciérnagas!

Te deseo. Me hago feliz pensándote.
Me siento absurdamente vivo.
No me sacia y aun me basta eso.
¡Ay cuando deseo
cómo se me entiernan y encandilan
los ojos del cuerpo!
¡Cómo haces mirar insidioso
en la codicia del afe…

Mis migajas de pan

JORGE.– Dame migas de pan, Amparo AMPARO.– No me quedan. JORGE.– Pero vi cómo le dabas a Jaime, y a Javier, y a Josué. (Pausa.) ¿No me das migajas porque me llamo Jorge? AMPARO.– No. No te doy pan porque eres Jorge. JORGE.– Pero puedo ser otra persona, si quieres. ¿Así me darías migas de pan, por lo menos? AMPARO.– No puedes no ser Jorge. Aunque no te llames Jorge. Eres y serás Jorge, hagas lo que hagas. Si te haces artista y te pones nombre artístico seguirás siendo Jorge. Si te cambias de sexo, serás Jorge con otro nombre. Si te haces monje budista y nadie te llama Jorge allí, seguirás siendo Jorge. Nada cambia quién eres JORGE.– Pero puedo ser otra persona, si quieres. AMPARO.– No puedes. JORGE.– ¿Por qué no? AMPARO.– Porque no quieres… JORGE.– ¡Sí que quiero! AMPARO.–…y yo no te negaría el pan si fueses otro. Pero yo necesito negarte el pan, Jorge. JORGE.– Llámame Elis. AMPARO.– Serás Elis, pero sigues oliendo a Jorge. Te amaba, pero a mí no me engañas. No puedes ponerte máscaras…

Monólogo autobiográfico

Muebles geométricos llenos de vetas de madera, libros, una cama, libros, un ordenador, un cuadro aún no colgado, una pared blanca pintada con cosas ininteligibles, glosolálicas; un peluche guardián con forma de mapache con una estrella colgada al cuello, una orquídea sana, pero sin flores y un chico de pelo largo estudiando a la par inglés y su falta de vida.

YO. Si me hubieses visto hace solo veinte años. Tenía el pelo corto. Me hacían bullying y no hablaba. Llamaba la atención pero no hablaba. Lloraba pero no hablaba. Un par de luces en forma de padres comprensivos y un señor mayor que me acompañó hasta su muerte (mi madre le cuidaba por las mañanas). Siempre pienso en ir a ponerle flores, le quise mucho, pero al final me acuerdo de ir a verle a su tumba dos meses después. Digo "para el año siguiente". Y así, llevo sin ir dos años.

De pronto, una de esas luces brilló más: la curiosidad. De ahí vino el arte y mi identidad. Luego, como vórtice de Hitchcock, ansiedad en forma …