Y así,
entre robles, lluvia,
burros y vacas,
con turrón, lentejas,
juegos de mesa,
bailes, sexo y todas esas
cosas bellas
que enlentecen los espasmos
y acallan los gritos
ruidosos
de un mundo
qu
e se re
squeb
aja;
el amor,
con sus idas y venidas,
su saliva, sus lágrimas
sus incoherencias,
sus lamentos, sus alegrías
y, sobre todo,
su capacidad de cimentar
la vida;
él solo
hace que un montón de puntos
perdidos
en la inmensidad del mundo
hagan redes capaces, con su sitio,
de evitar heladas,
calmar corazones,
y convertir la guerra
en besos lindos;
una red intrincada y
compleja, como el punto y coma:
inteligible solo en el ritmo
del alma
navegando en su lenguaje y,
al mismo tiempo,
tan evidente,
tan «que no puede no ser»,
tan posible
que, mientras las bombas caen,
sus besos son el búnker
y seis almas frágiles y sensibles
(seis que podrían,
y que quizá fueron
siete, como los mares,
mil y una como las noches
o, simplemente incontables)
parecen inmortales.
Seis por seis mil millares
de nodos de personas que hogares
son;
red de retales de alma que en besos
que en miradas que en «cómo estás»
que en risas que en sexo que en silencios
son;
seis por seis mil millares de millares,
hasta omega, hasta aleph sub aleph:
una red que será como la primera
flor
que crezca, aravesando el asfalto,
tras la guerra final
que destruirá todos los lugares:
un red como una flor inevitable;
una red de amor
que, entre el odio y el miedo,
es lo único que cabe.
de ©Shathu Entayla
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