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Vacío de Cristal

En el medio de aquel cilindro de cristal se dividían las gravedades: había una frontera. Todo objeto que pasara aquella frontera cambiaba de gravedad: lo que antes caía hacía un lado, ahora cuando caía lo hacia el otro.

En cada punta del cilindro había un corazón ferruginoso por fuera y misterioso por dentro. Eran como personas, que guardan cosas que sólo ellas conocen. Eran corazones sin sentidos, pero que sentían: veían, palpaban, olían, y eran capaces de moverse por sí mismos, aunque estuviesen embotellados en ese cilindro de cristal.

Un día, a ambos se les ocurrió mirar arriba. Al techo. A la frontera difusa que no era más que una porción de aire dentro del cilindro. Al techo de su mundo.

Cabía esperar que sus miradas a falta de ojos que mirasen, se cruzasen. Eran corazones que miran consigo mismos: con el corazón. Lo único extraño del corazón, es que ve en blanco y negro: no ve colores, sólo cosas que resaltan en sí mismo cuando las mira y las distingue por su forma.

Ambos corazones decidieron simultáneamente encontrarse. Saltaron. El cilindro era pequeño, así que no tardaron en colisionar entre ellos. Rebotando hacia el suelo de cada punta del tubo acristalado.

Las chispas brotaban en las colisiones de las fachadas de hierro que cubrían ambos corazones. Empezaron a derretirse fragmentos de fachada. El recipiente en el que estaban empezó a coger tonos fluorescentes por el calor. Se acabaron fundiendo en la frontera: donde se separan los mundos y se unen; desde donde cae todo; donde dos corazones pueden fundirse y volar en la cima del mundo aunque sea dentro de un cilindro.

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