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La red nos salva

Y así, entre robles, lluvia, burros y vacas, con turrón, lentejas, juegos de mesa, bailes, sexo y todas esas cosas bellas que enlentecen los espasmos y acallan los gritos ruidosos de un mundo  qu    e se re                squeb                           aja; el amor, con sus idas y venidas, su saliva, sus lágrimas sus incoherencias, sus lamentos, sus alegrías y, sobre todo, su capacidad de cimentar la vida; él solo hace que un montón de puntos perdidos en la inmensidad del mundo hagan redes capaces, con su sitio, de evitar heladas, calmar corazones, y convertir la guerra en besos lindos; una red intrincada y compleja, como el punto y coma: inteligible solo en el ritmo del alma navegando en su lenguaje y, al mismo tiempo, tan evidente, tan «que no puede no ser», tan posible que, mientras las bombas caen, sus besos son el búnker y seis almas frágiles y sensibles  (s...
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Sed de pájaro

Me encontré con un anciano de piel seca y raída por el tiempo. De manos temblorosas de nervios. De ojos vidriosos de sed. Déjame que me detenga un momento en esta sed, porque era incomprensible. Le llevaba agua y la escupía, o la tragaba sin saciarle. La sed de ese anciano era de otra naturaleza. «No es a mí a quien deberías de cuidar» —me decía. Pero yo no le escuchaba porque el tiempo se acababa. Y no engordaba. Y tocar su piel empezaba a parecerse a tocar una espiga de trigo. Entonces pasó algo que no podía verme venir. De pronto le vi sonriendo como alumbran mil soles. Lloraba de alegría y miraba al suelo. Sobre su mano tenía una pluma verde, preciosa. Ese día dijo: «Ya no tengo sed». Nunca había dormido tan bien desde que le conocí. Sentí una envidia inenarrable, pero no sabía bien a qué. Pero los días pasaban, y esa alegría era fútil como el silbar del viento cuando no hay brisa; que parece un milagro. Y el silbido paró. Y, de pronto, se moría de sed y su piel era, de nuevo, de t...

Recuerdos como noches

Cuando la noche se asienta, cuando el día se termina, cercan los horizontes de mis ojos los recuerdos. Esos que veo junto a la estela de mis pasos. Cuando la noche se asienta y su silencio se posa afloran pensamientos en mi mente: los recuerdos  a los que temo. Junto a la estela de mis pasos. Porque mis recuerdos se me aferran como a la piel, cicatrices, como a la retina, luz como al esperar, el tiempo. Puede ser que sean bellos esos recuerdos. Aún me inquietan. Hay carcasas bellas con adentros feos. Porque mis recuerdos se me aferran como la corriente al nervio, como la mano al puñal, como el párpado a lo visto. Y sé bien perderme en ellos —en los recuerdos que son veneno— incluso más que en todos mis pasos mismos. Imagen hecha con Leonardo AI  de ©Shathu Entayla

Ovillejo al amor seguro

El amor, que yo procuro seguro, no duele. Quiero que, libre, libre la paz, sin guerra, del lado amado. Que embalsame al ya curado y que miel dé a la congoja. Que se sienta, quien lo escoja, seguro, libre y amado. Imagen generada con Gemini 2.5 Flash  de ©Shathu Entayla

El espacio en que fui tuyo

Así me miras como si sólo fuera tuyo. como si mi carne y cómo respiro vivieran sólo en tus dominios, como si yo pudiera salir pero fuera quedarme lo que elijo. Me miras como vestida con un traje de prodigio  que dejan vida y libertad a un lado En el que elegí que ya no elijo. Me miras como si solo fuera tuyo. Me miras como si así siempre hubiese sido. Empiezas con uñas como espadas, y me pegas y, sin querer, grito y ese grito y que lo pares pido porque no quiero gritar más pues no gritar más es quitarme ya una libertad que ahora no preciso aunque es precisamente por libertad  (aunque sin parecer verdad) por lo que grito. Me miras como si me crearas  y yo te creo y te doy las gracias. Me cuidas cuando me atrapas. Me haces temerte cuando me amas. Y esas aguas contrarias, que me hacen a mi llorar otras aguas, flaquean el báculo de tus manos y viendo que me rompes, amenazas con parar el viaje hacia el espacio más cercano al ser sin ser hacia el que estábamos andando: a un tra...

El capricho del mundo

¿Y qué hacemos cuando el alma se rompe; cuando entre la canción que nos da orden a la vida y su idea no hay acorde; cuando dicha se asoma y se esconde tan cerca que parece estar adonde está el más alto del más alto monte? Y, si se rompe el alma, ¿quién dispone de reparar, si sólo el alma escoge? ¿Cómo nos batimos cual luchadores del vivir, si alma sueña el porvenir y por venir a él, el tedio se impone y el fiasco reina, y el hastío propone el absurdo como bien y no pone, ni hace, ni crea, ni siembra o recoge? ¿Cómo así se enfrenta uno al sinsentido de estar vivo cuando el propio sentido se proclama antes de que el mundo, nimio,  decida si es propicio para sí mismo? ¿Acaso no es trampa elegir un destino que quizá luego el mundo no te quiso? ¿No da hartazgo decidir lo más preciso y el mundo replique desatinos? ¿Qué hacer cuando el alma se rompe entonces buscando los pedazos del destino que elegiste frente a todos los caminos que fueron ignorados por los orbes? Si alma es materia, áto...

Un soneto de tres

Por hoy somos tres. Madre, padre e hijo. Aunque no siempre fuimos tres, pues fuimos cuatro. Luego el desahucio vivimos. Tres vivimos el vivir sin cobijo. Aquí somos tres. Madre, padre e hijo con vidas distintas que distinguimos viviéndolas. Juntos y no. Es un timo de envejecer y el tiempo, que no elijo. Y un día tres serán dos, y dos, uno. De pronto "juntos" pasará a ser "no". Y poco hay entre "juntos" y "ninguno". De un algo que estuvo y se marchó el uno que quede será el "alguno". Uno entre paredes de lo que amó. Imagen generada con Flash 2.0 (Google)  de ©Shathu Entayla