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Quien lo probó, lo saben

Rendirse, sorprenderse, estar ansioso, pertinaz, leal, frágil, compersivo , celoso, pasional, audaz, festivo, juguetón, triste, con temor y cariñoso;   hallar en la red un hogar dichoso, a veces drenante, presente, esquivo, solitario, comunal, explosivo, desconcertante, extático, orgulloso;   revisar uno a uno cada daño, abrir todas las puertas sin la llave, tener miedo, buscar el desengaño;   crear un búnker donde el tabú no cabe ser en todos y solo y nada extraño; es poliamor , quien lo probó, lo sabe. Imagen creada con Nano Banana 2  de ©Shathu Entayla
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Relatividad muy vital

Hay días en los que la vida se tuerce —o eso parece— pero no. La vida no distingue curvo o recto. La vida es. Quien distingue formas soy yo. Imagen creaada con Google AI Studio de ©Shathu Entayla

Mi jardín

Siempre me han dicho que son las rosas en este mundo las flores más bellas. No lo creo. Pues tienen todas ellas olores, colores y almas preciosas. No me des a elegir, que no son cosas las flores. Compáralas, mas sin mellas hacerles. Aprecia, de cada, aquellas cualidades que las hacen hermosas. Rosa, clavel, siempreviva, gerbera, margarita, lavanda, lirio, y espero que no olvides la jara y la enredadera. Las más bonitas son las que yo quiero. No quiero que mi jardín compitiera, que yo ninguna sobre otra prefiero. Imagen generada con Google AI Studio  de ©Shathu Entayla

Manos de tierra

Tus manos esas que tocan como agarrando  la tierra. Esas que tiemblan como las fallas y se deslizan y que se erizan y nunca callan. Esas que se anclan a la piel como los ojos a la playa y el mar a las arenas. Manos tuyas de amor de tierra que aman desde el mar a la sierra y de la euforia hasta las penas. Manos tan grandes como fuertes, tan fuertes como tiernas que te agarran como las raíces  aman a la tierra, y no la sueltan. Imagen generada con Google AI Studio (Dedicado a un hombre que es oasis de ternura)  de ©Shathu Entayla

Mi tiempo

En este agujero negro de tiempo llamado trabajo no caben los poemas. Y este que estás leyendo existe solamente porque —aunque no se vayan a levantar hasta que acabe mi jornada— mis ansias de libertad están ahí, y la poesía es el medio —esta vez, podría ser otro— de reclamar el espacio, o mejor dicho, el tiempo que le corresponde; de reclamar el tiempo que siempre fue nuestro: de mis ansias de libertad, y de mí, y de nada más. Y de nadie más. Imagen generada con Gooogle AI Studio  de ©Shathu Entayla

La red nos salva

Y así, entre robles, lluvia, burros y vacas, con turrón, lentejas, juegos de mesa, bailes, sexo y todas esas cosas bellas que enlentecen los espasmos y acallan los gritos ruidosos de un mundo  qu    e se re                squeb                           aja; el amor, con sus idas y venidas, su saliva, sus lágrimas sus incoherencias, sus lamentos, sus alegrías y, sobre todo, su capacidad de cimentar la vida; él solo hace que un montón de puntos perdidos en la inmensidad del mundo hagan redes capaces, con su sitio, de evitar heladas, calmar corazones, y convertir la guerra en besos lindos; una red intrincada y compleja, como el punto y coma: inteligible solo en el ritmo del alma navegando en su lenguaje y, al mismo tiempo, tan evidente, tan «que no puede no ser», tan posible que, mientras las bombas caen, sus besos son el búnker y seis almas frágiles y sensibles  (s...

Sed de pájaro

Me encontré con un anciano de piel seca y raída por el tiempo. De manos temblorosas de nervios. De ojos vidriosos de sed. Déjame que me detenga un momento en esta sed, porque era incomprensible. Le llevaba agua y la escupía, o la tragaba sin saciarle. La sed de ese anciano era de otra naturaleza. «No es a mí a quien deberías de cuidar» —me decía. Pero yo no le escuchaba porque el tiempo se acababa. Y no engordaba. Y tocar su piel empezaba a parecerse a tocar una espiga de trigo. Entonces pasó algo que no podía verme venir. De pronto le vi sonriendo como alumbran mil soles. Lloraba de alegría y miraba al suelo. Sobre su mano tenía una pluma verde, preciosa. Ese día dijo: «Ya no tengo sed». Nunca había dormido tan bien desde que le conocí. Sentí una envidia inenarrable, pero no sabía bien a qué. Pero los días pasaban, y esa alegría era fútil como el silbar del viento cuando no hay brisa; que parece un milagro. Y el silbido paró. Y, de pronto, se moría de sed y su piel era, de nuevo, de t...