Y así, entre robles, lluvia, burros y vacas, con turrón, lentejas, juegos de mesa, bailes, sexo y todas esas cosas bellas que enlentecen los espasmos y acallan los gritos ruidosos de un mundo qu e se re squeb aja; el amor, con sus idas y venidas, su saliva, sus lágrimas sus incoherencias, sus lamentos, sus alegrías y, sobre todo, su capacidad de cimentar la vida; él solo hace que un montón de puntos perdidos en la inmensidad del mundo hagan redes capaces, con su sitio, de evitar heladas, calmar corazones, y convertir la guerra en besos lindos; una red intrincada y compleja, como el punto y coma: inteligible solo en el ritmo del alma navegando en su lenguaje y, al mismo tiempo, tan evidente, tan «que no puede no ser», tan posible que, mientras las bombas caen, sus besos son el búnker y seis almas frágiles y sensibles (s...
Me encontré con un anciano de piel seca y raída por el tiempo. De manos temblorosas de nervios. De ojos vidriosos de sed. Déjame que me detenga un momento en esta sed, porque era incomprensible. Le llevaba agua y la escupía, o la tragaba sin saciarle. La sed de ese anciano era de otra naturaleza. «No es a mí a quien deberías de cuidar» —me decía. Pero yo no le escuchaba porque el tiempo se acababa. Y no engordaba. Y tocar su piel empezaba a parecerse a tocar una espiga de trigo. Entonces pasó algo que no podía verme venir. De pronto le vi sonriendo como alumbran mil soles. Lloraba de alegría y miraba al suelo. Sobre su mano tenía una pluma verde, preciosa. Ese día dijo: «Ya no tengo sed». Nunca había dormido tan bien desde que le conocí. Sentí una envidia inenarrable, pero no sabía bien a qué. Pero los días pasaban, y esa alegría era fútil como el silbar del viento cuando no hay brisa; que parece un milagro. Y el silbido paró. Y, de pronto, se moría de sed y su piel era, de nuevo, de t...