Ir al contenido principal

Descarga Emocional No Apta para Inteligentes

¿Sabes una cosa? A veces me gustaría insultarte, llamarte todas esas cosas que ambos sabemos que no eres y potenciar ese daño con las que ambos sabemos que sí, dejar de ser educado en estos escritos en los que te menciono: hacerte un daño al menos tan grande como el que me hace tu sordera a mis palabras y tu ignorancia a mis sentimientos.

¿Sabes una cosa? A veces me gustaría mirarte mal, atravesarte con una mirada e irme para siempre de tu vida, sin recordar ninguno de los momentos que hemos pasado juntos, guardándome las espaldas ante ti y guardándote rencor el resto de mis días: ser un inmaduro y un cobarde como haces tú con todo lo que dices, sin medir tus palabras.

¿Sabes una cosa? A veces me gustaría ser tan hipócrita como tú, atreverme a sonreír y luego insultar por lo mismo a la misma persona y fingir que no pasa nada, ayudarme un día y luego hacerme daño gratuitamente, juzgarme en la cara y atreverte a decir que no lo haces, dejarme mal públicamente y decir que tengo yo la culpa: ser tan ignorante y aprovechado como tú, aunque tú lo seas sin querer hacerlo.

Pero, ¿sabes por qué no hago ninguna de esas cosas y escribo esta mierda que me deja luego mala cara, que hace la gente me pregunte "qué te pasa" y la tenga que mentir diciendo que no pasa nada? ¿Sabes por qué hago esto, sabiendo que tú luego me vendrías diciendo y echándome en cara mil cosas tergiversadas que tengo que aguantar y que hace que quedes en posesión de la verdad porque no tienes tolerancia, aunque lo intentes? ¿Sabes por qué?

Porque, para tu desgraciada ignorancia, te quiero.


Comentarios

Popular Posts

Para la gente a la que beses

Hay gente  que necesitas besar  muchas veces  porque el fin de un beso es  siempre  el principio de otro  que aún no ha venido. Hay gente que necesitas besar  muchas veces porque cada beso es siempre como estar en casa y ser querido. Hay gente que la besas y no vuelve (pocas veces). Pero dentro de ti es siempre un recuerdo vívido de haber vivido. Hay gente que la besas y no vuelve muchas veces y duele ver, porque es siempre ver al otro yendo a otros caminos. Hay gente  que la besas, te arrepientes y así siempre, muchas, o una sola vez. Siempre, y aunque no después, besar se quiso. Hay gente que la besas y no vuelve para siempre porque el mismo tiempo es siempre quien os ha llevado  hacia el olvido. Hay gente  que la besas y sí vuelve muchas veces, y despierta algo que es siempre algo que aun dormido era cariño. Hay gente que no besas y sí vuelve muchas veces, y se queda porque es siempre amor, aun siendo otro que el del inicio. Hay gente...

Recuerdos como noches

Cuando la noche se asienta, cuando el día se termina, cercan los horizontes de mis ojos los recuerdos. Esos que veo junto a la estela de mis pasos. Cuando la noche se asienta y su silencio se posa afloran pensamientos en mi mente: los recuerdos  a los que temo. Junto a la estela de mis pasos. Porque mis recuerdos se me aferran como a la piel, cicatrices, como a la retina, luz como al esperar, el tiempo. Puede ser que sean bellos esos recuerdos. Aún me inquietan. Hay carcasas bellas con adentros feos. Porque mis recuerdos se me aferran como la corriente al nervio, como la mano al puñal, como el párpado a lo visto. Y sé bien perderme en ellos —en los recuerdos que son veneno— incluso más que en todos mis pasos mismos. Imagen hecha con Leonardo AI  de ©Shathu Entayla

Sed de pájaro

Me encontré con un anciano de piel seca y raída por el tiempo. De manos temblorosas de nervios. De ojos vidriosos de sed. Déjame que me detenga un momento en esta sed, porque era incomprensible. Le llevaba agua y la escupía, o la tragaba sin saciarle. La sed de ese anciano era de otra naturaleza. «No es a mí a quien deberías de cuidar» —me decía. Pero yo no le escuchaba porque el tiempo se acababa. Y no engordaba. Y tocar su piel empezaba a parecerse a tocar una espiga de trigo. Entonces pasó algo que no podía verme venir. De pronto le vi sonriendo como alumbran mil soles. Lloraba de alegría y miraba al suelo. Sobre su mano tenía una pluma verde, preciosa. Ese día dijo: «Ya no tengo sed». Nunca había dormido tan bien desde que le conocí. Sentí una envidia inenarrable, pero no sabía bien a qué. Pero los días pasaban, y esa alegría era fútil como el silbar del viento cuando no hay brisa; que parece un milagro. Y el silbido paró. Y, de pronto, se moría de sed y su piel era, de nuevo, de t...