Me encontré con un anciano de piel seca y raída por el tiempo. De manos temblorosas de nervios. De ojos vidriosos de sed. Déjame que me detenga un momento en esta sed, porque era incomprensible. Le llevaba agua y la escupía, o la tragaba sin saciarle. La sed de ese anciano era de otra naturaleza. «No es a mí a quien deberías de cuidar» —me decía. Pero yo no le escuchaba porque el tiempo se acababa. Y no engordaba. Y tocar su piel empezaba a parecerse a tocar una espiga de trigo. Entonces pasó algo que no podía verme venir. De pronto le vi sonriendo como alumbran mil soles. Lloraba de alegría y miraba al suelo. Sobre su mano tenía una pluma verde, preciosa. Ese día dijo: «Ya no tengo sed». Nunca había dormido tan bien desde que le conocí. Sentí una envidia inenarrable, pero no sabía bien a qué. Pero los días pasaban, y esa alegría era fútil como el silbar del viento cuando no hay brisa; que parece un milagro. Y el silbido paró. Y, de pronto, se moría de sed y su piel era, de nuevo, de t...
Lo veo como si le faltara qué decir, se queda corto para todo lo que quieres decir.
ResponderEliminarNo hace falta, de hecho lo he escrito así aposta. No es un poema que cuente una historia, no es un poema que necesita de una, simplemente, es un poema para quién se de por aludido sienta lo que quiere decir. Por aludido se puede dar cualquier persona que haya sentido alguna vez lo que dice en las primeras estrofas del poema.
ResponderEliminarAgradezco tu crítica. En cualquier caso, la tengo en cuenta. =)